La inspiración no es más que la alegría de escribir, la inspiración nunca precede al trabajo (Jules Renard, leído en Cinco inviernos, de Olga Merino)

Si escribe no lee y si lee no escribe.  No hay tiempo para todo. Es la paradoja del bloguero, que tiene la profundidad de una sima oceánica porque si lee, olvida (casi) de inmediato lo que ha leído, y si escribe, (casi) nadie lee lo que ha escrito y él lo olvida también. El ejercicio es un pretexto, o una suerte de entrenamiento, para cuando llegue la otra y apague la luz.  

El viejo pedalea en la bicicleta estática envuelto en una atmósfera de ingravidez, tan parecida a la de una capilla mortuoria, en la que arregla  los adornos florales y alisa los pliegues del sudario. Y resopla por el esfuerzo. No le falta el aire, le falta tiempo. Pero tiempo ¿para qué?

La vejez es una edad rara. Antaño, cuando la realidad dominaba el mundo, el viejo llegaba a ese momento terminal con la conciencia de haber cumplido, había trabajado la tierra, tenido hijos, hecho la guerra y los negocios, había amado y odiado, y la sabiduría acumulada aún tenía algún valor en un tiempo que discurría parsimoniosamente. En esta época de artificio, el viejo tiene que inventarse a sí mismo y hacer aspavientos. Ni siquiera le valdría disfrazarse de Diógenes y despreciar el mundo porque de inmediato una brigadilla de los servicios sociales le arrancaría de su rincón, le obligaría a tomar una ducha y le sometería a una entrevista en la oficina correspondiente. Diógenes es una noción que ha cambiado de significado. En origen era un ser despojado y elemental, ahora convertido en un tipo que acumula un pasado inútil, ya sea en forma de objetos materiales o de recuerdos inmateriales, ambos desechos inservibles.

En las pelis de John Houston, los viejos son malvados, malintencionados y agresivos, quizá para sentirse vivos, lo cual choca al espectador porque  no es la pauta en la realidad. La debilidad física y la inseguridad ante el entorno hacen que el viejo se muestre amable y cooperativo con los más jóvenes, a la espera de recibir el mismo trato, y, entre ellos, suelen ser afectuosos y tolerantes con las fantasías del otro. Tanto más si son amigos de larga data. Los viejos destejen su pasado en la noche de la edad como Penélope destejía el lienzo que operaba como un reloj inexorable ante el destino que no deseaba, y con el mismo fin: detener el tiempo.

Estaba enzarzado en estas ocurrencias cuando llegó por el telefonillo una hilacha despistada días atrás. Helga Liné. El jueves anterior, el viejo y su amigo revoloteaban en el pasado a resguardo de la canícula criminal del presente y el amigo contaba a su interlocutor que en cierto certamen cinematográfico había conocido a una actriz de cuando el destape que resultó ser una dama muy aguda y una estupenda narradora. La historia prometía cuando se fundió la memoria. La actriz no tenía nombre. Los dos vejetes buscaron ayuda en el telefonillo y guglearon en su busca echando miguitas de pan en la casilla de search. En vano. Los nombres alumbrados por el artefacto no coincidían con los hechos de la historia y aquella tarde los dos amigos hubieron de cambiar el rumbo de sus divagaciones dejando atrás el lacerante vacío del nombre de la actriz evocada.

Tres días después, la memoria del amigo atrapa el nombre huido  –Helga Liné– y se apresura a comunicarlo a su interlocutor, que, a su vez, encuentra a la aludida en otra maraña fantasmagórica que tiene su caprichoso origen en Rasputín. El nombre de la actriz se asociaba más al cine terror que al de destape en el brumoso cerebro del ciclista estático, que recién había leído una historia de este monje loco (Antony Beevor, 2026) y la lectura trajo a mientes la imagen cinematográfica del personaje interpretado por Christopher Lee. Desde ese momento, la oscuridad del laberinto cedió y con la inevitable ayuda de google fue cosa de media docena de clics traer al presente el encuentro de este actor británico con Helga Liné en Pánico en el Transiberiano (Eugenio Martín, 1972). En ese momento, los fantasmas se incorporan a la conversación. Helga Liné cuenta de aquel rodaje que Peter Cushing había enviudado recientemente y su estado de ánimo era alicaído pero, no obstante, era un caballero gentil y buen compañero, aunque de Christopher Lee prefiere no hablar. Otro hecho hacia el olvido.

El viejo se apea de la bicicleta, exhausto. Tiene que ir al mercado y ha quedado para un café con Marga y Jon, luego… luego, ya veremos. La vida es como una caja de bombones, que diría la madre de Forrest Gump.