El amigo Iaccopus reclama en el café de media mañana una derecha inteligente. Iaccopus es socialdemócrata e ilustrado. Lo primero le exige un cierto equilibrio entre el progreso y el orden; lo segundo le hace creer que la inteligencia es una variable independiente de los condicionamientos económicos y sociales. Sin embargo, la demanda de nuestro contertulio está más extendida de lo que se cree. El diario de referencia socialdemócrata/liberal dedicaba el pasado domingo un sesudo artículo de fondo a esta cuestión con el expresivo título: ¿qué deben hacer las derechas moderadas  ante el ímpetu ultra?

Definir a un sector social con un adjetivo conductista  -moderado/a-  ya indica el sesgo moral o psicológico de la disertación, como si el problema fuera una cuestión de talante., como si el síndrome de Tourette se pudiera corregir con unas lecciones de urbanidad y buena educación.  En negrita y entre líneas, el artículo mencionado ofrecía algunas observaciones y daba algunas recomendaciones, a saber: la ultraderecha actual no oculta su fuerte contenido ideológico (…) en Alemania los partidos tradicionales mantienen un cordón sanitario (…) ante una amenaza autoritaria es fundamental crear coaliciones amplias y diversas (esta recomendación se atribuye a Anne Applebaum) (…) el antisanchismo adjudica al presidente del gobierno todos los males del mundo sin ofrecer demasiadas alternativas (…) y por ahí seguido.

He aquí un florilegio de inanidades procedente de la derecha inteligente. En las mismas páginas del periódico que las presenta se pueden encontrar pruebas de que no funcionan para el objetivo que se pretende. Ni líneas rojas, que es un tópico de jerga, ni amplias coaliciones que solo hacen otorgar confianza entre el electorado a quien se quiere aislar, ni el antisanchismo masivo, que es el bálsamo de Fierabrás de la derecha moderada española, sirven para parar los pies a los neofascistas, como se ha visto estos días  en Extremadura y Aragón y veremos en Castilla y León y Andalucía y quién sabe si en las elecciones generales si por un azar a don Sánchez se le acaba la baraka.

Para ilustrar hasta dónde llega la derecha inteligente, tomemos los términos de los pactos de la coalición reaccionaria para gobiernos regionales, que se han suscrito con arreglo a exquisitos procedimientos de negociación (por la minucia y el tiempo que se han tomado los negociadores parecían alemanes), sin romper ni un plato de la vajilla compartida y a plena satisfacción de las dos partes, la derecha inteligente y la derecha bruta. Los acuerdos tienen dos pilares: rechazo a la inmigración (con especial crueldad hacia los menores migrantes no acompañados cuyo acrónimo se ha convertido ya en  un insulto normalizado sinónimo de delincuente) y regreso al viejo y querido costumbrismo rural basado en la propiedad de la tierra: caza sin restricciones, acuíferos para quienes riegan, rechazo a la energía verde, mano de obra servil y autarquía económica con los tractores empenachados con banderas rojigualdas. Prioridad nacional, un término derogatorio del estado constitucional -puesto en circulación por la derecha no inteligente, según las categorías semánticas que venimos empleando en estas líneas-, se ha hecho de uso común, ha sido objeto de debate en el parlamento, y la derecha inteligente no sabe oponer más que respeto por la legalidad. ¿Qué ha ocurrido para que a la derecha de toda la vida se le hayan fundido los plomos?

El diagnóstico no es fácil porque, a decir de los sabios, es multifactorial. La reacción política necesita un suelo firme al que hacer frente a dos revoluciones simultáneas. Por arriba, una acumulación de capital sin precedentes debida a la globalización comercial y la revolución digital, y por abajo, una acelerada aparición de nuevos sectores sociales convertidos en actores políticos, los más importantes de los cuales son los movimientos feminista y migratorio. Simplemente, la derecha tradicional carece de recursos propios para hacer frente a esta doble revolución; de manera que intenta encuadrar a las clases medias que han visto cercenadas sus expectativas para llegar después a un pacto con el gran capital. Don Feijóo es el Von Papen español del siglo XXI. La cuestión para don Feijóo, como lo fue para Von Papen, es si él gestionará el proceso o lo hará don Abascal, como antaño ocurrió con el otro. Por ahora, esa es la cuestión, a la que la derecha aplica toda la inteligencia disponible.