Se puede pensar lo que se quiera de don Sánchez, y la mayoría de la opinión piensa mal, según se lee en las encuestas, pero es la clase de tipo que hace invisible al resto de jugadores en la cancha cuando él ejercita una maniobra. Es el Messi de la política. A pesar de la creencia común, el buen pueblo es mal espectador de fútbol y de política, y la razón es que asiste a ambos espectáculos cargado de prejuicios: si ganan los suyos,  lo celebra, y si pierden, lo lamenta y así no hay manera  de juzgar con objetividad la calidad de las jugadas.

Es el caso que este fin de semana, mientras la opinión doméstica estaba enfrascada en el ratonero y xenófobo acuerdo de la coalición reaccionaria para el gobierno de Extremadura, don Sánchez ha reunido en Barcelona a los líderes de estados que suman quinientos millones de habitantes ¡de habla hispana! más algunos de otras áreas culturales, como Sudáfrica (65 millones). Hay que valorar como se debe esta genialidad política y el esfuerzo diplomático que exige.

En términos planetarios ha puesto en escena a una internacional progresista de sesgo hispánico en el sur global, unida por la necesidad de cohesionar sus sociedades con un sistema económico más justo y redistributivo y sometida unánimemente al maltrato que recibe del emperador de la cresta anaranjada. En esta versión remasterizada de la guerra de las galaxias –la federación contra el imperio-, don Sánchez es Luke Skywalker. La reunión ha tenido efectos, unos de fondo y otros anecdóticos. Entre los primeros, crea un marco de proximidad para el desarrollo del acuerdo de Mercosur, que pasa por España y abre un campo nuevo y relativamente inédito para la diplomacia política y económica de la unioneuropea en territorios que Washington cree de su propiedad y donde ya campan los intereses de China.

Y como no hay categoría sin anécdota, la reunión ha puesto en evidencia, por si hiciera falta, la orfandad de la nóbel de la paz, doña Corinna Machado, convertida por su patrón en una servil paria internacional. Como compensación, doña Ayuso le ha dispensado un recibimiento multitudinario en la Puerta del Sol, que la invitada ha aprovechado para reclamar a sus compatriotas expatriados el retorno a Venezuela. Hay que prever que esta decisión no será masiva; los aludidos la tomarán individualmente en función de su situación en España, que no es mala, y de las expectativas en Venezuela, que por ahora no son prometedoras.  Si doña Machado se imagina a sí misma en el cuadro de Delacroix, lo tiene crudo.

En el plano doméstico, la reunión progresista ha convertido a Barcelona en la capital internacional del mundo hispánico, después de que días atrás el gobierno de don Sánchez la hiciera capital cultural a través del otorgamiento del caudaloso premio Aena de novela a la escritora argentina Samantha Sweblin. El presidente del país de la ganadora, el trumpista don Milei, como doña Machado, no ha asistido a la reunión progresista, claro, lo que nos advierte sobre el trazado de la línea divisoria que se va dibujando en la geopolítica de occidente.

La virreina madrileña, as usual, ha avistado de inmediato la jugada, se ha dado por aludida y ha respondido con su proverbial facundia retrechera llamando gestores de la miseria a los dirigentes latinoamericanos y narcoestados a los países que representan, secundada por los voxianos que se han manifestado en los mismos términos. Ya veremos si don Abascal y los suyos siguen la misión que les inspira, se calan el yelmo de Hernán Cortés, cruzan en océano de nuevo y rescatan la Iberosfera como han rescatado la pureza racial en Extremadura, donde habitan veinte mil musulmanes entre un millón de cristianos viejos.

Parece un buen momento para las cruzadas, reconquistas, pronunciamientos y demás rutinas de la derecha española, y hasta el mismísimo rey emérito se postula al frente de la tropa en nombre de la dinastía borbónica y del bienestar de su hijo reinante, que, en su acreditada opinión,  las está pasando canutas con el gobierno de don Sánchez. Don Feijóo, en silencio, estupefacto.