Esta noche el viejo duerme plácidamente en la ciudad de Gliwice, en la frontera germanopolaca, oye explosiones y disparos y de seguido el fragor de una hilera de tanques con la esvástica pintada en la torreta. La angustia le arranca del sueño y, aturdido, se sumerge en internet para corroborar la noticia. No es Gliwice sino El Paso, en la frontera de Estados Unidos y México a dónde le ha llevado el sueño y el ataque era un dron de narcotraficantes. Gliwice y El Paso, dos nombres para iniciar una guerra con una mentira.
El 1 de septiembre de 1939, el gobierno de Hitler inició la invasión de Polonia con el pretexto de que unas horas antes soldados polacos habían atacado una estación de radio de la ciudad fronteriza de Gliwice. La radio de Goebbels brama contra los atacantes pero el pretexto fue una trola o, como se dice en la jerga militar, una operación de falsa bandera. Los presuntos soldados polacos eran alemanes antifascistas confinados en el campo de concentración de Dachau, vestidos para la ocasión por los servicios de inteligencia nazis con uniformes falsos, drogados y tiroteados por sus guardianes sobre el terreno. Así empezó la segunda guerra mundial.
En El Paso el casus belli ha sido un dron impulsado por los cárteles de la droga mexicanos, que ha provocado el cierre del aeropuerto y una bronca interna entre agencia de aviación civil y el ahora llamado departamento de guerra que no para de buscar ocasiones para demostrar sus competencias. Los términos del incidente, como el de Gliwice, son confusos y la aclaración final quedará para los historiadores pero lo que está probado ahora mismo es que no había drones sobre El Paso, lo que no impidió una torrentera de declaraciones de las autoridades de todo rango felicitándose por la celeridad y eficacia de las defensas, que en realidad ocultaban una notable descoordinación de las agencias de seguridad implicadas. El dron amenazador era un globo de feria igual que los soldados polacos eran presidiarios alemanes. Es el riesgo de propagar un estado de guerra antes de que la guerra haya estallado. En Estados Unidos hay autoridades y ciudadanos en número y con poder suficiente para provocar una guerra con México, como alentaba días atrás doña Ayuso, pero esta vez no ha funcionado. Los cárteles utilizan drones en esta zona fronteriza para vigilar los pasillos de tránsito y pasar la droga, así que debe tratarse de artefactos conocidos y reconocibles, aunque en esta ocasión se ha producido un uso indebido de una nueva tecnología de reconocimiento. Pero así empiezan las guerras, por un disparo que alguien hace para probar un arma nueva y que no debería haber hecho. Lo que convierte el accidente en catástrofe es el clima de opinión creado para que el disparo sea fatídico.
La lucha contra el narcotráfico es una causa noble e irrefutable y el pretexto habitual de Washington para encubrir otros objetivos inconfesables. Las dos últimas intervenciones en el llamado patio trasero –Panamá (1989) y Venezuela (2026)- se han hecho bajo la acusación de narcotráfico a los respectivos presidentes, detenidos y conducidos a cárceles gringas. El panameño Manuel Noriega fue condenado a cuarenta años de cárcel por estar relacionado con el cártel de Medellín, luego rebajados a treinta años y luego a veinte hasta que fue de nuevo juzgado en París por blanqueo de dinero. A Maduro le acusaron de dirigir un cártel llamado Tren de Aragua, que apenas fue detenido se convino en que no existía tal cártel. Lo que distingue las detenciones de Noriega y Maduro no es el pretexto sino la voluntad de continuar con la estrategia; la operación militar que acabó con el primero se llamó Causa Justa y la de Maduro, Determinación Absoluta.
La razón de que el narcotráfico sea el macguffin justificativo de la gobernación del Estados Unidos sobre el continente americano es que la sociedad estadounidense es la principal consumidora del producto. La droga no es un accidente sino un hábito en todas las capas de la sociedad, lo que la convierte en un tópico tanto para la hipocresía de sus consumidores como de la buena fe de sus detractores. El Kennedy chiflado, ministro de sanidad de Trump, ha reconocido que esnifó coca hasta en la tapa del váter, y si con estos antecedentes puedes llegar a tener bajo tu mandato la salud de 348 millones de personas, quién puede refutar que unas friegas de lejía son menos eficaces que una vacuna para combatir esas enfermedades tan raras. Llegado el caso, ya encontraremos a un capitoste latinoamericano para cargarle el muerto: son todos narcos, como dice doña Ayuso.