Doña Merkel, la dama que dirige Europa con maneras dizque de ama de casa,  ha vuelto a ganar las elecciones en Alemania. Ha ganado como se ganan ahora las elecciones, perdiendo votos. Pero el resultado demuestra que el lema de las aclamadas clases medias –Virgencita, que me quede como estoy-. es por ahora el más potente señuelo político del continente. Una victoria agridulce, como dicen los líricos, pero victoria al fin. Los bancos alemanes podrán seguir cobrando los intereses de la deuda de los vagos meridionales, que es de lo que tratan todas las elecciones que se celebran en Europa desde hace una década. Una inercia mineral caracteriza la estabilidad europea. El centro social y político no quita ojo de lo que se mueve a su izquierda, mientras deja que la extrema derecha se cuele  en la salita de estar. Tercera fuerza en Alemania, no está mal para ser la primera vez que asoman en el parlamento desde la época nazi, lo que da ocasión a los biempensantes para fingir asombro y alarma. Los fachas alemanes no gobernarán pero marcarán la agenda. El gobierno dará unos cuantos pasitos a la derecha y, sobre todo, se acabó el buen rollo con inmigrantes y refugiados, la línea roja que doña Merkel creyó que podía saltarse. En eso tendría que imitar a su disciplinado discípulo, don Rajoy, que ha acogido a una mínima fracción del modesto cupo que se encomendó a España, lo que le permite tener a su extrema derecha agazapada y casi, casi invisible. Cuidado con el perro -dice el cartel-, que el dueño de la finca parece tener amarrado del dogal, por ahora.

En las mismas elecciones, el espedé ha descendido cinco puntos hacia el pozo al que parece condenada la socialdemocracia, y ya ha anunciado que pasará a la oposición. Si hay que morir, que sea con honra, han debido pensar. ¿Quién iba a imaginar en las filas socialistas que su invento de los minijobs terminaría siendo una metáfora del destino histórico del partido? De modo que doña Merkel tendrá que elegir un socio de gobierno entre los cuatro partidos restantes, que rondan más o menos el diez por ciento del voto cada uno. El más próximo a la querencia de los ganadores es el de los liberales del efepedé, que como los ciudadanos de don Rivera, tienen su honra en ser la muleta del hermano mayor. Los liberales alemanes, muy en su papel -desregulación y flexibilidad del mercado de trabajo-, son contrarios a las medidas para ordenar la zona euro y no quieren ni presupuesto ni autoridad económica europea. Es obvio que el desguace de la unioneuropea para entregar sus despojos a los mercados aún no se completado, pero no hay que perder la esperanza. La inercia, que tan bien reflejan las urnas, nos lleva por el camino adecuado.