Un reportaje televisivo indaga en la expansión social y el creciente ascenso político de los ultraortodoxos rabínicos en Israel, creyentes de sonoros apellidos germánicos y largas barbas, ataviados con levitas dieciochescas y sombreros de ala ancha, de suaves maneras, media sonrisa y resolución fanática, que constituyen el grupo de población que más crece en el país porque las mujeres están dedicadas a la reproducción y a la crianza a tiempo completo. Los hasidim han vuelto a instaurar el espacio y el concepto de gueto en sus barrios, que se expanden sobre el terreno a la vez que permanecen cerrados a la intromisión de forasteros y de los que los fieles solo salen para obligar a sus vecinos laicos a cumplir con los rigores de la ley mosaica. Una carcoma piadosa se apodera del estado israelí en el que ya no queda ni rastro de la épica de sus orígenes. La palabra shoah (catástrofe en hebreo), que designa el holocausto perpetrado por los nazis y que en la Europa sin judíos es un término casi sagrado, se ha banalizado en boca de estos creyentes de tirabuzones sobre las mejillas porque la utilizan para calificar la legislación laica del estado en el que viven voluntariamente y cuya existencia sin embargo rechazan.

El mito religioso de la tierra prometida, que está en la semilla de la creación de Israel y que aún sirve para que cualquier judío en el mundo se sienta con derecho a levantar su casa en el terruño del que ha expulsado a los palestinos, es el mismo que ha nutrido a estas comunidades ensimismadas cuyos miembros están exentos de las obligaciones militares y fiscales a las que están sometidos sus conciudadanos laicos. Una reflexión asalta al espectador y tiene que ver con la mayor adhesión que concitan los señuelos identitarios por encima, y a menudo en contra, de la condición de ciudadano. La ciudadanía se ha convertido en un contrato de mínimos con el estado por el que el individuo y su grupo reciben ciertas contraprestaciones mientras la adhesión emocional, la norma moral y el discurso intelectivo están guiados por la identidad religiosa (o patriótica, en su caso). El estado es una abstracción mientras la parroquia y la secta son las únicas realidades perceptibles. El resultado es que el religioso parece más fuerte y seguro que el ciudadano. Es la impresión que causa en el reportaje el contraste entre las asertivas declaraciones de los jasídicos y los titubeos y elusiones de los funcionarios, alcaldes y parlamentarios entrevistados, abocados en la tarea de gobierno a hacer una cesión tras otra a las comunidades de esta secta. Los hasidim parecen saber bien lo que quieren; los funcionarios del estado, o no lo saben o no quieren decirlo. Mal asunto cuando en una democracia  un fanático religioso se manifiesta de manera más clara y segura que un representante electo de la ciudadanía. Es posible que el gobierno crea que acepta este atavismo en la sociedad porque refuerza la simbología sionista de su origen, pero al espectador ajeno le parece que está ante una representación de la fábula de la rana y el escorpión.