Esta mañana los vecinos del ensanche de la remota ciudad subpirenaica hemos tenido una alarma terrorista. Tenido, ya que no padecido ni sufrido ni aguantado ni ningún otro sinónimo aflictivo, porque lo que se veía en los vecinos era una mezcla de curiosidad, incredulidad e indiferencia en dosis homeopáticas. Un maletín de oficina sin dueño aparente, dejado en la marquesina de la parada de autobús en una plaza de gran tránsito peatonal y rodado, ha ido convirtiendo su orfandad en sospecha ante la mirada de los viandantes, hasta que uno ha dado la alarma y la policía –las policías, porque han participado por lo menos tres cuerpos- ha aplicado el protocolo antiterrorista, cercado el lugar, cortado el tráfico, alejado al público de a pie, y pum, detonado el objeto sospechoso, comprobada su naturaleza inocua, levantado el dispositivo de seguridad y vuelta a la normalidad.
La performance lleva a preguntarse cómo opera la interacción de una amenaza potencialmente mortífera en una sociedad pacífica y confiada. Es una pregunta pertinente en un tiempo en el que proliferan las amenazas y de manera diríase que inexorable está mutando el estado de ánimo de las sociedades hacia la inseguridad y el recelo. En esta parte del mundo hubo no hace tanto tiempo maletas sospechosas que mataban, y que aterrorizaban y encorajiban a la gente, pero esta época pasó y de alguna manera inmunizó a la opinión pública ante este fenómeno. Queda el protocolo antiterrorista pero ha desaparecido la amenaza. ¿Puede volver aquel estado de ánimo, agitado, resentido, aterrorizado, que experimentamos no hace tanto?
Las últimas películas del gran Luis Buñuel se rodaron en Francia y tienen como objeto de las historias que se cuentan en ellas las rutinas y creencias de la burguesía, lo que hoy llamaríamos la clase media, paradigma de la paz y el bienestar en las sociedades occidentales, que el genio aragonés pinta en clave paródica. Buñuel introduce en el guion episodios de terrorismo, que no tienen que ver con la plácida historia que cuenta pero que aparecen como su contrapunto, absurdo y enloquecido. La bomba en el parque infantil o en la estación de autobuses ya estaba de actualidad en los años setenta, cuando se produjeron estas películas tardías, y el terrorismo literario y mental de los surrealistas era sustituido por un terrorismo real, sorprendente e ininteligible, del que Buñuel quiso dejar testimonio en sus últimas obras.
El tipo resuelto a cambiar el mundo y que a tal fin lleva una bomba debajo del brazo no ha desaparecido del escenario pero desde el atentado a las torres gemelas hace un cuarto de siglo, el estado ha asumido este propósito y ha adoptado los mismos métodos: matanzas masivas y prédicas delirantes ejecutadas en dimensiones inimaginables (Gaza, sin ir más lejos) en nombre de la lucha contra el terrorismo, que ha dejado de ser una ocupación marginal y doméstica para convertirse en un hecho genérico y universal. El paquete explosivo timbrado en la oficina de correos se ha convertido en un misil con cabezas nucleares buscando el objetivo desde el cielo y un anemómetro guiado por inteligencia artificial determina quién es y quién no terrorista en un momento dado. El viejo se deja llevar por estas ocurrencias mientras espera junto a sus vecinos el desenlace de la maleta sospechosa.