Sábado 25, mediodía. Concierto de rock bajo un sol bravo para instar a la demolición del edificio que se levanta a la espalda de los músicos y les da sombra. El mamotreto, como lo llaman los organizadores del acto con ingenio y razón, es un templo votivo de fábrica clasicista levantado en honor de los vencedores de la guerra civil durante la dictadura. Han pasado noventa años desde los hechos que conmemora y ochenta y cuatro desde que se erigió, y ahora es una cáscara vacía. La diócesis se desentendió del edificio como lugar de culto décadas atrás y los restos de los prebostes golpistas enterrados en su cripta fueron exhumados más tarde. Pero, como escribió Karl Marx, La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos (18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852).
El concierto mismo parece dar la razón al aserto de Marx pero no oculta la contradictoria acción del tiempo sobre la memoria. Está a cargo de un veterano y muy querido rockero, que ha puesto su experiencia en el oficio al servicio de unas letras que son un oratorio por el sufrimiento de las víctimas: tres mil quinientos asesinados según la estimación consolidada, casi el uno por ciento de la población de la época, más un sinnúmero de represaliados civiles y penales en todos los órdenes de la sociedad. Unas doscientas personas asisten al concierto, gente de edad en su mayoría, que aplauden cada pieza. La plaza donde se celebra el acto llevó en origen y durante décadas el nombre de un cacique carlista, aristócrata y terrateniente, que fue ministro de justicia de la dictadura en una época en que la justicia era solo venganza y barbarie, pero ahora está bautizada como plaza de la Libertad, un término incoloro, vagamente acomodaticio, que no consigue ocultar el sentido que le quiso dar el arquitecto urbanista que la diseñó.
Los Caídos, como se conoce al mamotreto, es por volumen de obra el segundo más grande del país en su género, después de Cuelgamuros. Pero respecto a este, tiene la particularidad de que forma parte de la trama urbana de la ciudad, a la que sirve de cierre en la parte sur, simétrica a las murallas de la parte norte, y su descomunal y aplastante cúpula al servicio del proyecto nacional-católico de la dictadura es ineludible desde cualquier perspectiva del paisaje urbano. Es imposible eludir la sobrecarga de significado del edificio, aunque la larga convivencia con el vecindario ha hecho que parezca invisible, si no se piensa en ello. Hay que tener en cuenta que un buen número de la población de la época se levantó en armas contra la república democrática, lo que convierte el monumento menos en una imposición que en un aderezo. Las memorias individuales se entrecruzan. El autor de estas líneas ha recogido opiniones contradictorias sobre el futuro del edificio: la descendiente de una maestra represaliada y luego reconocida por la ley de memoria democrática no quiere que se toque ni un sillar del monumento; el hijo y nieto de carlistas perpetradores del horror de aquellos días desea que lo hagan desaparecer. Noventa son muchos años para que el significado de un símbolo permanezca intacto en la conciencia de las generaciones, aunque les oprima como una pesadilla.
La demolición es una solución improbable, incluso por razones prácticas. En el otro extremo de la cadena de opiniones, un selecto grupo de ciudadanos de vitola conservadora, ensalzan el valor arquitectónico del edificio y postulan su permanencia intocada para que sirva, sugieren, como museo de la ciudad. Ambas soluciones tienen en común la voluntad de negar la historia en nombre de principios particulares, sean morales o artísticos. Si se demuele, parte de la historia se habrá desvanecido y la memoria pública del pasado quedará solo en los lugares fragmentarios y dispersos que recuerdan a las víctimas, destinados también al olvido por su propia fragilidad. A contrario, si el conjunto arquitectónico se conserva sin intervención alguna, se niega su origen, y si además se dedica a museo de la ciudad, se entroniza la total historia de esta en un monumento levantado contra la democracia, el civismo y la vida. El ayuntamiento de la ciudad ha puesto en marcha un procedimiento de resignificación para el que se ha abierto un concurso de proyectos arquitectónicos, que también habrán de ser conceptuales. Es un camino al que esperan numerosos obstáculos, pero quizá el único posible y practicable, que además debería dar lugar a un debate y a un entendimiento sobre hechos compartidos.
El Ateneo Navarro y la Biblioteca de Navarra dedican una charla-coloquio a los Acuerdos y desacuerdos sobre el pasado y su representación pública. Rupturas y nuevos consensos. El ponente es Daniel Rico Camps, autor del ensayo sobre Memoria, patrimonio y democracia titulado ¿Quién teme a Francisco Franco? El acto tendrá lugar este martes, 28 de abril, en el auditorio de la Biblioteca de Navarra a las 19.00 horas.