El adjetivo bizarro/a es polisémico y su significado ondula entre la valentía y la extravagancia. Esta última acepción fue aceptada por el diccionario en diciembre de 2021, empujada por la falsa amistad de su uso en inglés y francés donde bizarre se traduce por extraño y sus correspondientes sinónimos. Lo cierto es que en el paisaje lingüístico de este tiempo es más frecuente y apreciado lo raro, chocante o impropio que lo valiente o lo generoso, que son las acepciones más antiguas de la palabra bizarro en castellano, ya lindantes con el desuso. El capitán Alatriste, digamos, pudo ser un tipo gallardo y desprendido, bizarro, pero solo es un personaje de novela de quiosco, bizarro también.
Este barullo léxico viene a cuento de que el escribidor se vio asaltado por la expresión imágenes bizarras al ver dos fotografías de notoriedad en estas últimas fechas. En una de las fotos, el presidente de los Estados Unidos recibe la bendición de un puñado de clérigos de iglesias cristianas que le imponen las manos y rezan para que dios sea propicio a sus aventuras; en la otra, el ex rey de España aparece flanqueado por las cuadrillas de toreros que lidiaron en la corrida del domingo de resurrección en Sevilla.
Las dos imágenes, sin nexo histórico o cultural reconocible, tienen una composición idéntica y un sentido análogo. Las dos ofrecen una misma situación postiza, forzadamente simbólica y tan alejada de la realidad como es posible. En ambos casos, los protagonistas, que ocupan la posición central de la imagen, están desplazados de su función natural y anegados por los figurantes, que componen un conjunto litúrgico, excesivo, reiterativo. Las dos imágenes tienen una intención religiosa –explícita en la primera; implícita, por la fecha y la ocasión, en la segunda-, así que los protagonistas se representan como neófitos entre los oficiantes del rito: Trump y Juan Carlos aspiran a renacer de sus errores y pifias, quieren ser perdonados por sus respectivas parroquias y salvar su imagen –su alma, diríamos- del olvido.
Las dos imágenes exhiben un aire retro y parecen bocetos de un tiempo en el que la inocencia (la impunidad) y la ostentación eran compatibles. Trump y Juan Carlos se sienten desplazados en la sociedad democrática donde hay leyes de universal obediencia. El primero tiene pujos de tirano y un apetito insaciable de reconocimiento, y se rodea de oropeles y hasta su aparatosa corbata parece una estola imperial. Del segundo dice la leyenda que trajo la democracia a su país pero él mismo no se sintió concernido por el resultado, y a los dos les gusta el dinero más que cualquier otra cosa. En este marco de decadencia, los clérigos y los toreros, oficiantes de los ritos sagrados, comparecen en la imagen como la guardia pretoriana de los césares, los garantes de sus atributos.
Lo bizarro intenta sacarnos de la insoportable rutina de la historia como si esta quedara deslumbrada por nuestro ingenio y arrojo y emprendiera el camino deseado por el ingenioso. Quizá Trump llegara a creer por un instante que dios está presente en la bendición que le otorgan los clérigos o Juan Carlos creyera que su pose con los toreros restaura una tradición en declive que identifica a su reinado. Entonces, la deriva semántica de bizarro podría ser esperpéntico, un adjetivo que lleva la realidad a un punto sin retorno, donde la risa se congela en una mueca. ¿Qué ocurre cuando se apagan los focos que han iluminado el escenario, el fotógrafo ha recogido sus bártulos y los figurantes han vuelto a sus tareas ordinarias?