¿Cuántas personas me han examinado /tratado en las siete horas o así que llevó aquí? ¿Veinte? ¿Veinticinco? Diferentes países, etnias, etcétera, pero todo me resulta absolutamente eficiente y, en verdad, una maravilla, una de las pocas cosas de las que realmente podamos enorgullecernos, y aborrezco a Johnson, Gove, Cummings y sus partidarios de la ‘alt-right’ estadounidense por querer demolerlo.
La cita que encabeza este comentario se puede encontrar en la página 81 de la última obra del novelista británico Julian Barnes publicada en castellano y que, según confesión del autor, será la última que escriba: Despedidas (traducción de Jaime Zulaika; editorial Anagrama 2026). El párrafo es una loa al sistema público de salud británico en el que el narrador está siendo tratado de cáncer, y el consiguiente denuesto contra la turba de neoliberales y rancio conservadores que quieren demolerlo –Boris Johnson, Michael Gove y Dominic Cummings– y que impulsaron, como primera medida, el brexit de mal agüero.
El azar ha querido que el lector topara con estas páginas mientras acompañaba a su mujer ingresada en el hospital público de la remota provincia subpirenaica donde se experimenta lo narrado por el novelista. Atención continua, exámenes regulares, medicaciones precisas, una dieta alimenticia exquisita y un trato cálido, empático y animoso del personal sanitario. Dos rasgos de detalle, apuntados por el novelista, los experimentó también el lector: la variedad de origen en el cuerpo facultativo del que formaban parte algún eslavo y algún latinoamericano y la absoluta eficiencia del servicio. Todo lo cual representa a una sociedad inclusiva y compasiva, y, como escribe Barnes, una de las pocas cosas de las que realmente podamos enorgullecernos.
Pero el tiempo en el hospital se hace muy largo y la imaginación vaga sin objetivo ni brújula moral por todos los rincones de la experiencia y, apenas levantados los ojos de la página, el lector no puede evitar preguntarse si todos estos cuidados muy caros no son un dispendio cuando se aplican a viejos como Barnes, el lector y su esposa doliente, que tienen más o menos la misma edad. Es un pensamiento del que ya extrajo consecuencias prácticas doña Ayuso en su taifa de Madrid cuando entre marzo y abril de 2020 dejó a 7.291 vejetes a merced de la guadaña durante la pandemia de covid porque iban a morir igual. Doña Ayuso tiene entre sus empeños principales monetizar la salud porque, si todos hemos de morir, que al menos algunos ganen pasta mientras están vivos, y no solo las empresas de servicios fúnebres. La sanidad pública es el paraíso de los boomers que han tenido una vida cañón y el estado del bienestar es un edificio que amenaza ruina, listo para el asalto de una generación que ha eclosionado en el nido ideológico creado por los Johnson, Gove y Cummings a los que denuesta el desfallecido narrador de Despedidas.
El lector se espanta por los pensamientos que le asaltan y mira con ansiedad a la puerta cerrada de la habitación en la que las visitas se anuncian con un toquecito de los nudillos antes de abrirla. ¿Y si no viene la enfermera para reponer la bolsa de suero? ¿Y si hoy no hay visita médica con las correspondientes palabras de ánimo? La aprensión le empuja a buscar de nuevo cobijo en la novela que tiene en las manos y que habla de dolencias físicas, recuerdos de juventud y amores perdidos, reencontrados y perdidos de nuevo por último y de la desolación que preside el curso de los acontecimientos: la materia misma de la imaginación senil. Barnes, el fabulador intrépido, desenvuelto y alacre que tanto nos hizo reír con El loro de Flaubert o La historia del mundo en diez capítulos y medio conserva el ingenio y el pulso para urdir argumentos a partir de unos pocos detalles de apariencia insignificante pero ha dejado de dominar el mundo que sale de su pluma y es el mundo, frágil y disparatado, el que le domina a él y al que no puede responder sino con alguna pincelada de ironía. Unas páginas más adelante puede leerse:
‘Incurable pero tratable’, suena como… la vida misma ¿no? Aunque es inevitable que haya soñadores que intenten eludir esta ecuación existencial. Suelen ser los multimillonarios, que se permiten también viajes espaciales y fantasías paranoicas. Para ellos, la liberación de la trampa de la muerte pasa por alargar la duración de la vida humana, revertir el proceso de envejecimiento y transportarnos (aunque estos para-soñadores ocuparán los primeros asientos) a algún planeta donde la respiración se ralentice y vivamos mucho, mucho más tiempo. Y, entretanto, destrozamos el único planeta que tenemos y hacemos que la vida sea invivible para las futuras generaciones…
Esta novela es el epitafio de la razón socialdemócrata, piensa el lector mientras recorre estas líneas. ¡Toc, toc! Entra la enfermera para tomar la tensión y la temperatura a la paciente. Hola, Áurea, ¿cómo estás?, saluda cantarina. No estoy peor, le responde un hilo voz que emerge del rebujo de las sábanas.
(Imagen: Julian Barnes 2019)
No sé si en estas circunstancias sobran las palabras. Pero aunque sea silencioso os envío un abrazo enorme.
Todo se endereza. Un saludo, Javier.