La expulsión de ocho millones de inmigrantes como se propone vox en su programa máximo y en sus sueños más húmedos es un objetivo ciclópeo, que no puede ser abordado sino por pasos y metódicamente. Sin prisa pero sin pausa, como reza el dicho popular muy repetido durante la dictadura franquista. Bien, pero en algún momento y en algún punto hay que empezar la tarea.
La expulsión de personas que conviven en tu vecindario y no han cometido ningún delito provoca un instintivo rechazo entre la gente decente, de modo que lo primero que hay que conseguir es que ese sentimiento quede neutralizado en la conciencia del común y el vecino vea normal que unos agentes de la autoridad enmascarados introduzcan en una furgona al tipo que vive en la otra puerta del descansillo y a su familia rumbo a no se sabe dónde. Es el primer paso para que la sociedad sea cómplice de la operación y para que este trámite funcione es preciso que el organizador se pregunte primero cuánto más o menos simpático, útil y respetable es el objetivo de la cacería para los espectadores pasivos. Por ejemplo, sería un error empezar la oleada de expulsiones por la cuidadora de la abuela porque es útil; o por Lamine Yamal porque es respetable, o por el entrenador de pilates porque es simpático. Estos sentimientos cambiarían si la cuidadora sisara el cambio de la compra, si Lamine Yamal dejara de meter goles y el entrenador faltara a los entrenamientos.
Pero, claro, no se puede emprender un plan tan ambicioso a partir de estas minucias porque así no llegaremos nunca a los ocho millones. Hay que encontrar un tipo humano, un arquetipo, diríamos, que no sea en ningún caso ni simpático, ni útil ni respetable. Un ser que, como quien dice, no existe aunque respire. Y he aquí que el cerebro voxiano ha dado con él: las mujeres que van cubiertas con burka o con niqab, que podrán ser expulsadas del país o multadas con cantidades delirantes si se muestran (perdón por el oxímoron) de esta guisa en espacios públicos.
Paréntesis explicativo. El burka es una prenda de uso en Afganistán hecha de una sola pieza de tela plisada y de color generalmente azul que cubre la totalidad del cuerpo sin más alivio que un recuadro de encaje a la altura de los ojos. El niqab, propio de las petromonarquías del Golfo, tiene idéntica función y un corte sartorio parecido aunque de color negro y con una ranura a la altura de los ojos. No vamos a discutir la calidad democrática ni la condición de las mujeres en esos países porque la discusión nos llevaría a preguntarnos por qué las democracias occidentales fracasaron en Afganistán después de veinte años de guerra abandonando a las mujeres que se habían despojado del burka o por qué nuestras élites políticas, económicas y deportivas están postradas de hinojos ante la opulencia de los prebostes de los reinos petrolíferos donde obligan a sus mujeres a llevar el niqab. Tampoco vamos a enredar preguntándonos qué vestigio de nuestro propio machismo nos lleva a detestar estas prendas femeninas a la vez que admiramos la elegancia del ghutra y la galanura del thawb masculinos, que a nadie se le ha ocurrido proscribir.
El burka y el niqab no son prendas que se vean en nuestras ciudades. Las pobres afganas no emigran a España para trabajar en un supermercado y las ricas saudíes se sueltan el pelo para hacer turismo en el barrio de Salamanca. Conviene aclararlo porque la pretensión de los voxianos promotores de la persecución a quienes porten estas prendas exóticas es que se produzca por similitud o contigüidad un efecto contagio en la percepción del común y el rechazo se extienda al hiyab, el pañuelo que cubre el cabello y circunda la cara, este sí más frecuente, aunque sin exagerar en cuanto a su número, porque es de uso común en el mundo islámico. Se trata, pues, de que la extrañeza o el rechazo que producen estas prendas justifiquen ulteriores discursos y acciones de odio con fines consabidos.
Los voxianos han conseguido introducir en la agenda política un tema por completo alejado de las preocupaciones de la sociedad y, lo que es más importante, han logrado que la iniciativa haya sido aceptada por el pepé. Es lo que la volátil y desconcertada doña Guardiola llama el feminismo de vox, al que ha rendido adhesión a falta de acuerdos de más sustancia para formar gobierno en Extremadura. La indigencia intelectual y política de nuestras derechas les lleva a acordar sobre fantasmagorías pero, ojo, los fantasmas son los entes más acreditados para crear, mantener y fomentar el miedo.