Mañana invernal, lluvia fría y caras malhumoradas. El autobús urbano es una patera de náufragos entregados a sus pensamientos. El lector del bono de transporte rechaza con un pitido ronco la tarjeta de una mujer oronda, cargada con un gran bolso y cubierta con hiyab. Los demás viajeros despiertan de su ensimismamiento. La mujer pasa otra vez la tarjeta por el lector, que responde con el mismo ronquido. No tengo dinero, exclama con fuerte acento mirando al conductor. ¿Y ahora qué hacemos?, responde este, que ya ha reanudado la marcha. El recinto rodante se ha cargado de electricidad. Yo lo pago, interviene un tipo mayor y atildado, uno de esos jubilados de vida cañón con sus exageradas pensiones, un progre, que acerca su tarjeta al ojo del lector y resuelve el incipiente conflicto. La mujer mira con sorpresa al benefactor y le da las gracias, pero no recibe una señal de simpatía. Hay que cargar la tarjeta, le recrimina el viejo atildado con la autoridad de un maestro escuela de los de antes.
En los escasos segundos que ha durado el incidente ha cambiado de manera perceptible el clima anímico del pasaje, como si el mundo se hubiera puesto en marcha a la vez que el autobús. La mujer del hiyab se ha sentado con su pesado bolso entre otras mujeres de cabellos al aire y el viejo atildado ha vuelto a la plataforma donde viaja de pie. Los demás viajeros han salido de su ensimismamiento y lanzan miradas a la mujer del hiyab y al viejo atildado preguntándose qué extraña complicidad los une.
Lo que piensan de la mujer puede leerse en algunas caras que han salido de su rutina mental: aquí está esta, ocupando un asiento en el autobús y sin pagar, esperando que los demás paguemos por ella, y cualquiera sabe qué lleva en el bolso y de dónde lo ha sacado; seguro que va al hospital (el autobús es de la línea 4) porque aquí les atienden gratis con nuestro dinero y en nuestras camas. El juicio que merece el viejo es titubeante, aunque no menos hostil. Le miran de reojo y ven en él una figura de autoridad, alguien acostumbrado a imponerse, lo que provoca un resentimiento instintivo, y luego está su extraño cambalache con la mora. ¿Qué pretende? Los que han oído campanas encuentran en el hecho una prueba del gran reemplazo: el tipo atildado desprecia a la gente honrada, que ha pagado su billete, y ayuda a los de fuera para que sustituyan a los de aquí haciéndoles creer que todo es gratis.
La mujer del hiyab zanja para sí el incidente de inmediato. No cree que los cuatro céntimos que cuesta el viaje sean para darle más vueltas. Ese viejo que me ha pagado se toma demasiado en serio a sí mismo y me toma por tonta, sí, he olvidado cargar la tarjeta pero es que tengo más cosas en la cabeza. Ahora se dirige a la especialista de la tripa, una buena chica, amable, a recoger los resultados de una colonoscopia que le hicieron días atrás, ay, que no sea cáncer, Inchallah, y luego tiene que ver a su nuera para darle los jerseys y los pijamas para los niños que lleva en el bolso y que compró ayer en Madre Coraje. Interrumpe el hilo de los pensamientos y mira a la calle; aún quedan varias paradas hasta al hospital.
Apenas un par de metros atrás, el viejo atildado, erguido en la plataforma como lanza en astillero, se siente víctima de su impremeditado gesto y cavila agónicamente sobre su significado. Se pregunta por qué se ha precipitado a pagar el viaje y se responde que por sacar del apuro a una mujer mayor, aunque estas mujeres son más jóvenes de lo que aparentan y quizá lo de la tarjeta sin dinero sea un truco. También, se dice, por librarla de un acoso racista, pero al pensarlo descubre que él formaba parte de los acosadores ¿por qué, si no, le había conminado a llevar dinero en la tarjeta de bus, como si la mujer fuera tonta o malintencionada? ¿Piensa el viejo atildado que los inmigrantes son por definición delincuentes? La pregunta que se hace a sí mismo le perturba. No, él acepta a los inmigrantes pero bajo el imperio de la ley igual para todos, que incluye pagar el servicio de autobús. Recordárselo a sí mismo le tranquiliza, pero ese mandato kantiano le hubiera obligado a aceptar que el conductor expulsara del vehículo a la viajera impecune. ¿Eso es xenofobia, aporofobia o qué? Ah, por fin ha llegado a su parada y podrá apearse de ese autobús que lleva a la humanidad a no se sabe dónde.