¿Qué ocurrió ayer en Venezuela? Las hipótesis están abiertas y las especulaciones dan vueltas en el bombo donde nos jugamos el destino. En último extremo bien pudo ser el inicio de la tercera guerra mundial, que todo el mundo sospecha que está al llegar. De momento, si queremos abrirnos paso en la niebla, habremos de superar el susto, primero, y el estupor, después, para ceñirnos a algunas evidencias parciales que no necesariamente contienen claves resolutivas, digan lo que digan los promotores del evento de ayer al que han puesto el pomposo nombre de resolución absoluta. Ya veremos. De momento, hay dos aspectos de lo sucedido ayer muy intrigantes.
El primero, la extrema facilidad con que una fuerza extranjera puede secuestrar al engallado presidente de una república de veintiséis y pico millones de habitantes que alberga las mayores reservas de combustibles fósiles del mundo, y transformarlo en un santiamén en un delincuente menor, debidamente esposado y a disposición de un juez ignoto. El asalto a Caracas fue muy aparatoso pero no más que los faros de un land rover a los ojos de una liebre hipnotizada en medio del camino. Lo que nos dice que el mundo está formado por cuadrículas de terreno que son estados fallidos al albur de potenciales agresiones imperiales, a pesar de sus banderas, su retórica nacionalista y su penoso narcisismo.
La pasividad de la defensa venezolana demuestra dos rasgos no necesariamente incompatibles: la impotencia y la complicidad de la sociedad receptora del ataque. Para no irnos muy lejos en el espacio y en el tiempo, los europeos deberíamos pensar en lo que le ocurrió a Francia en 1940; entonces, Francia era el patio trasero de Alemania. En este modelo de intervención blitzkrieg se necesita que la sociedad del país asaltado esté dividida y desmoralizada, a la vez que ensimismada, como en efecto ocurría en Francia entonces y ocurre ahora en Venezuela, lo que nos lleva al otro aspecto bizarro de la cuestión.
El efecto del ataque es la abolición de la soberanía del país atacado; esto no va de modelo político ni de democracia o dictadura. Básicamente, Venezuela seguirá siendo un régimen autoritario y una sociedad desequilibrada con los nuevos amos, que ya han expresado su voluntad y sus objetivos: el petróleo, que será administrado por las empresas energéticas de la potencia asaltante. El dilema del atacante es encontrar la figura que ejerza el poder delegado, mantenga el orden interno y represente de manera más o menos convincente una cierta normalidad institucional. En la Francia de 1940, el personaje elegido, y autopropuesto, para este papel fue un héroe nacional, el general Pétain. En España, años más tarde, la figura sería Franco bajo la férula del victorioso general estadounidense Eisenhower. Los imperios no tienen tiempo ni ganas de ocuparse de la calidad de los regímenes subalternos que garantizan sus intereses. No es extraño, pues, que los asaltantes de Venezuela opten por un capitoste del chavismo, ya sea doña Rodríguez, don Cabello o cualquier militarote con muchas medallas en la pechera, como ya anunciaron ayer al descartar a la fantasmagórica nóbel de la paz doña Machado como años atrás usaron y tiraron a don Guaidó. Y por último, un par de notas a pie de página.
El lema que justifica una acción imperialista tiene nombre alemán, Lebensraum, más contundente que su menesterosa traducción como espacio vital. Aquí, the matter of fact es, como comprendemos todos, el petróleo y eso que ahora llaman tierras raras, es decir, las materias primas del viejo imperialismo tradicional, pero hay algo más en este estado del capitalismo financiarizado: el retorno al patrón dólar. Venezuela exporta a China gran parte de su producción petrolífera pero además lo hace en un régimen monetario propio: el renminbi, moneda comercial referenciada en el yuan y alojada en bancos chinos. El dólar es el arma secreta de Estados Unidos a través del cual controla el endeudamiento de los países del mundo. De modo que el Lebensraum se extiende hasta las fábricas de moneda y las cámaras acorazadas de los bancos nacionales.
La segunda nota que destila este acontecimiento la inspira el cacareo de analistas y politólogos durante las horas pasadas en las que no se han cansado de repetir lo contradictorio que es el ataque a Venezuela con los principios aislacionistas que pregona gran parte de los votantes maga. Esto es una tontería; el presidente más aislacionista de la historia ha atacado en un año Yemen, Somalia, Irán, Nigeria y Venezuela, y es posible que olvidemos alguno más. Estados Unidos fue antes un imperio que una nación. De hecho carece de nombre porque no es más que una agregación de territorios con intereses imperiales y desde el momento mismo en que las trece provincias se independizaron de Gran Bretaña en 1770, los estadounidenses (antiguos inmigrantes europeos) iniciaron la expansión al oeste, conquistaron tierras que pertenecían al desvencijado imperio español y por ahí seguido hasta hoy. Es cierto que después de cada guerra en el exterior, que siempre son costosas y no siempre exitosas, se crea un clima de opinión aislacionista, como si la sociedad quisiera recuperar el aliento y preguntarse por su destino histórico, pero las élites del país no cesan por eso de otear las oportunidades para una nueva expansión imperialista que paradójicamente se hace siempre bajo el marbete de la seguridad nacional. Hoy es Venezuela y mañana Groenlandia, ya estamos avisados.
El asalto a Venezuela deberá preocupar al resto de países de América Latina (y a Europa) pero ha dado un respiro a Rusia en Ucrania y a China en Taiwan, porque delimita el perímetro de las áreas de influencia. Volvamos a las lecciones del pasado. En los años cuarenta del siglo pasado, la expansión imperial de Alemania sobre sus vecinos europeos, sugirió a Japón que era el momento de hacerse con un imperio asiático; la lógica militar de esta doctrina le llevó a atacar Pearl Harbour, lo que despertó a Estados Unidos de su siesta aislacionista y le dio ocasión a ampliar sus ambiciones de seguridad nacional. Así empezó la segunda guerra mundial en la que perecieron sesenta millones de personas, por decirlo con una cifra muy conservadora. Del resultado de esta catástrofe, hemos vivido ochenta años. Ahora vuelve a girar el bombo.
Y en mi ignorancia, ¿no es posible que semejante hazaña de atrapar al malo, este Maduro señor, encarcelado ya, hubiera negociado su salida vivo y con unas condiciones de las que veos en películas de espías, con nuevo nombre, nueva cara y nuevo destino? Con el bolsillo lleno y sin que nadie lo sepa hasta dentro de veinte años en una película de éxito, claro.
Digo yo…..
Buenísimo!!!
Y más aún, ¿bajo qué palio de vergüenza se esconden los obispos católicos y sus fieles ante semejante barbaridad, conociendo sus rápidas reacciones a todo?, ¿y los grandes togados, egregios políticos neutrales, dónde están?
Esperan anhelantes las olas de conservadurismo que llegarán desde El Imperio.
Muy claro, a la vez que preocupante. Quién puede decir nada a Pucón por la invasión de Ucrania?
Gracias Manolo