Grinch, con la autoridad que le da la vara de mando municipal, ha desalojado a cuatrocientas personas inmigrantes acogidas en el edificio de un instituto abandonado y los ha puesto de patitas en la calle. Hala. Los alcaldes inauguran las navidades con gestos ñoños y anecdóticos como el encendido de las luces callejeras o asistiendo a un concierto de villancicos, pero el alcalde de Badalona ha ido a la raíz misma de la navidad. Mientras los polis forcejeaban con los desarrapados para sacarles de sus covachas y devolverlos al vacío, Grinch pensaba que si hace dos mil años el emperador hubiera sido Trump y no Tiberio, que era un flojo, la autoridad habría expulsado al carpintero, a su casquivana esposa y al jodido bebé del establo que habían okupado en Belén y, zas, se acabó la fiesta, como reza el nombre de otro partido fascista. Ni los pastores habrían perdido el tiempo llevando golosinas a los okupas, con todo el barullo derivado de las comilonas de navidad y el absentismo laboral que eso conlleva, ni los reyes magos habrían estado urgidos por los siglos de los siglos a dejar regalos a una patulea de criaturas malcriadas.

Grinch se sintió en éxtasis ante la magnitud de su victoria. Él, un monicaco verde de dibujos animados investido de alcalde trumpista, había conseguido reescribir la historia. Estaba tan seguro de su determinación que prometió ante el buen pueblo que no ofrecería –premiaría, dijo- a los desalojados con un cobijo alternativo. No, señor, los iba a borrar de la realidad como si fueran un mal sueño. Y en ese momento, puf, se desvaneció el encantamiento porque, oh, sorpresa, los expulsados al poco reaparecieron debajo de un puente y en otros rincones que la ciudad ofrece contra la intemperie. Y ocurrió algo más grave: el inicio de una guerra vecinal entre los contrarios al desalojo y los partidarios del alcalde. Las incidencias de esta batalla prenavideña ofrecieron algún espectáculo digno de mención, como los feligreses de una parroquia que querían impedir que se abriera a los inmigrantes una instalación parroquial. ¿Se imaginan una manifestación así ante el portal de Belén? Grinch descubre con gran regocijo que él es el caganer del pesebre.

Los inmigrantes son las presas prioritarias de la derecha rampante porque se cree que concitan una antipatía universal, son fáciles de atacar por su extrema vulnerabilidad y su eliminación contará con un acuerdo social mayoritario. Así que hay que tomarse en serio este objetivo programático poniendo la atención en cómo se proponen llevarlo a cabo. Apenas este julio  pasado los voxianos propusieron la expulsión de ¡ocho millones de inmigrantes! Esta proclama precedió en unos días a los ataques a magrebíes en Torre-Pacheco, y la iniciativa del alcalde de Badalona, don García Albiol, un tipo que goza de holgadas mayorías en su ciudad, podría inscribirse en la nerviosa pugna por la hegemonía de la derecha que su partido mantiene con vox y que se ha manifestado este pasado domingo en Extremadura.

Lo de Torre-Pacheco y lo de Badalona son tentativas para sondear las dificultades de la empresa y el grado del impacto que provoca en la sociedad. Un país exento de inmigrantes –en realidad un continente porque hablamos de Europa- es una tarea titánica pero no imposible y hay que contar que durante un tiempo gozará del viento de cola. La coalición reaccionaria, que quiere llevarnos al pasado, habrá estudiado los precedentes. Indicativamente, se puede recordar que entre la publicación de Mein Kampf y la liberación de Auschwitz mediaron veinte años y lo ocurrido en Europa –España incluida- en esas dos décadas hace microscópico lo ocurrido en Badalona, pero nunca se sabe si un estornudo es síntoma de una neumonía, dicho sea en estos días de gripe.