Días de agasajos que incluyen la recomendación de lecturas que no te puedes perder. A pesar de mi escepticismo sobre que estas fechas estrepitosas sean propicias al recoleto arte de la lectura, me sumo con gusto a este empeño  a sabiendas de que lo hago por una buena causa recomendando al curioso que pasea su despiste por las novedades de la librería la nueva novela de Dolores Payás, Demolición, un relato fugaz, tragicómico, esperanzador y muy entretenido, como la vida misma.

Lorenzo se ve abandonado por su novia Bess, que le ha plantado por un pintor de bodegones, y, mientras deja que el soliloquio de su pena sintonice con el estado apocalíptico del mundo, decide poner fin a sus días, y a tal fin se inscribe por internet en una acreditada institución suiza que se ocupa de que la última voluntad sea verdaderamente la última. Entretanto, su padre ha muerto y lo que le parece una circunstancia liberadora para su propio plan terminal, se convierte, por mor de unas pejigueras administrativas derivadas de la herencia, en un retorno a la matriz familiar y por ende a una reconstrucción de sí mismo. Es un viaje tortuoso a través de las brumas del pasado que recompone una historia olvidada en la que finalmente reina algo parecido a la verdad y la justicia, aunque sean provisionales.

En el relato se advierte la sombra de tradiciones novelísticas muy robustas, referentes clásicos que lo inspiran y de alguna manera lo justifican. Un destilado literario de calidad. En el escenario y  en la trama el lector encuentra, la estructura patriarcal de las empresas de la primera revolución industrial, una desmelenada pasión romántica teñida de orientalismo y sexualidad exorbitada y el misterio de las mansiones familiares clausuradas donde las mujeres eran como sombras. Todo esto lo descubre el lector mientras acompaña al narrador protagonista, el último vástago de una saga familiar poderosa y sombría, que oficia como un testigo extrañado y curioso mientras se dispone a clausurarla por el procedimiento de demoler la casa solariega –lo que es el leitmotiv de la historia- y dejar bajo los escombros las reliquias del pasado.

Lorenzo Blanch es un tipo posmoderno, que vive en habitaciones amuebladas por ikea y contrata su suicidio por internet. Algunos destellos del personaje hacen recordar al protagonista de El extranjero de Albert Camus, por lo que tiene de desafecto y elusivo, pero al contrario que Meursault no es un desarraigado sino el hijo de una familia como dios manda, aunque ya extinta, al que un trámite administrativo necesario para que su madre siga atendida en una residencia geriátrica le lleva a la aventura de la memoria que le restaurará en el mundo. A Lorenzo no le espera la guillotina y, cuando por fin la casa familiar sea derruida, se verá invadido por un sentimiento de indulgencia hacia sí mismo y hacia sus ancestros, cuyos sufrimientos -sentencia- carecen de relevancia dramática, forman parte del tejido primordial, son la vida, eso es todo, no hay más sentido que ese. Caramba, son palabras que también podrían ser de Meursault. Quizá la novela de Payás versa sobre la hendidura abierta por el siglo XX en el relato del siglo XIX, contada con palabras del siglo XXI.

Estimado lector o lectora, si sigues la sugerencia de estas líneas tendrás entre tus manos un relato bien tramado con un macguffin muy persuasivo e intrigante y una prosa que no pone obstáculos a la lectura. En resumen, un apreciable jardín que te aleja de los berridos de papá noel y del irritante tintineo de su tiro de renos.