El gran actor Manuel Alexandre embromaba a su director Luis García Berlanga preguntándole si tal réplica del diálogo la quería con trémolo o sin trémolo. Alexandre poseía una voz inequívoca, de un timbre afligido y resonante, que caracterizaba más que cualquier otro rasgo a los personajes que interpretaba. El trémolo se consigue mediante la prolongación de la sonoridad de las vocales de tal modo que la frase deja en el oyente la imagen de un cometa flamígero en el cielo nocturno o de una bandera agitada por el viento en el patio de un cuartel. El trémolo es un anhelo de eternidad. La broma del actor era, sin embargo, pertinente al periodo histórico en que realizó lo más granado y recordado de su carrera, entre el tardofranquismo y los primeros años de la democracia. En este lapso, la sociedad y la política han perdido el trémolo.
Los reportajes emitidos en estos días pródigos en aniversarios, ya sea sobre la coronación del rey Juan Carlos, el debate en las cortes franquistas sobre la ley de reforma política y otras liturgias propias de medio siglo atrás, nos han devuelto a la memoria los discursos con trémolo. La nieta, que estaba a sus cosas en otra habitación ha acudido a donde su abuelo permanecía absorto ante estos reportajes televisivos y ha comentado, qué raro hablan. Es el trémolo, responde el abuelo, pero la niña ya ha vuelto a sus asuntos sin prestar atención, a pesar de que su generación también utiliza el trémolo en sus mensajes digitales como un recurso enfático, si bien lo hacen repitiendo en el texto escrito la consonante y no la vocal. Cuando el viejo se lo hace ver, las nínfulas desestiman la observación con un derogatorio pero molan. Sí, en efecto, molan los trémolos.
Los discursos políticos se despliegan sobre el vacío y construyen realidades evanescentes. En la parla de antaño, el discurso tapaba la nada con los cortinones de la retórica. Cuando se piensa en la cantidad de víctimas sacrificadas al mandato de los discursos con trémolo se agradece la rudeza y sequedad de los debates actuales; son irritantes y desapacibles pero de alguna manera hacen pensar que agotan su toxicidad en el hecho mismo de verbalizarse. Don Miguel Tellado no es don José Calvo Sotelo ni don Oscar Puente es don Alejandro Lerroux y ojalá siga así la cosa. Es curioso, porque en la transición se intentó recuperar la oratoria republicana. En don Adolfo Suárez quedaban trémolos joseantonianos y don Felipe González imitaba las alambicadas argumentaciones de don Manuel Azaña. Lo del primero terminó pronto y lo del segundo ha quedado en un penoso galimatías cada vez que le ponen un micrófono delante de la cara.
Los discursos con trémolo iban acompañados de pecheras empedradas con medallones y condecoraciones. También esa ornamentación de metalistería se ha vuelto más discreta. Nadie quiere parecer un teniente coronel del ejército norcoreano. En la reciente fiesta de la familia real, don Felipe VI ha condecorado con el toisón de oro a su madre, doña Sofía, y a los civiles, don Felipe González, don Miguel Herrero y don Miquel Roca. Esta condecoración es un privilegio real y la otorga exclusivamente el rey a quienes, a su juicio, han servido con mayor eficacia a los intereses de la corona, es decir, los intereses de él mismo y de su familia. Los distinguidos tienen acreditados méritos para recibirla: doña Sofía ha soportado estoicamente el zarandeo al que su marido sometió a la institución y a su honor como esposa; don Herrero y don Roca son padres de la constitución que consagra la monarquía como régimen de estado, y don González devolvió el crédito democrático y la estabilidad política a la corona después del sindiós del golpe del 23F. Pero lo que interesa a los efectos de esta ocurrencia es que el toisón de oro es una condecoración muy aparatosa que cuelga de un ostentoso collar y que para esta ocasión ha quedado en un pin de solapa más pequeño que una chapa de Burger King. También la monarquía ha perdido el trémolo.
Pregunta de examen: ¿Es el trémolo lo único que ha perdido la Monarquía?
Cierto que es una pregunta difícil. Ni los mismos borbones sabrían responderla. Los borbones son los eternos repetidores de la historia de este país. Suspenden el examen una y otra vez pero te los encuentras siempre en el bar de la facultad. Gracias, Alfredo, por tu comentario. Un abrazo.
Hace mucho que no voy al bar de la facultad pero me consta que siempre están allí.
Gracia a ti, Manolo, por el artículo: certero y muy bien escrito. Un abrazo.