Pocos documentos mantienen su mensaje con mayor fijeza y rigidez que la fotografía. Mientras el material en que está estampada conserva su calidad, el mensaje es inmutable. Sin embargo, en cada revisión nos produce emociones distintas y extraemos de su contemplación reflexiones dispares. En último extremo, el sentimiento que provoca puede ser de hartazgo y de hastío, por lo que muestra y por lo que oculta. Esta experiencia se da con frecuencia en la edad tardía porque los viejos intentamos alimentar la memoria  y al mismo tiempo rechazamos los recuerdos que nos trae. Si son placenteros porque ya han pasado y si son desagradables porque no queremos volver a ellos.

La televisión pública programa una serie de reportajes sobre el tránsito de la dictadura a la democracia, periodo del que en estas fechas se cumplen cincuenta años. Uno de los capítulos de la serie, titulado La foto, versa sobre unas fotografías de Franco agonizante en la cama del hospital publicadas por una revista del corazón en 1984. El dictador fue objeto de encarnizamiento clínico para prolongar su vida aunque no está claro con qué propósito y los testigos convocados en el reportaje no dan ninguna explicación aclaratoria. Hay veces, y esta es una de ellas, en que el pasado se resiste a revelar su secreto, si es que lo hay.

Las fotografías son obscenas (hoy se ofrecen veladas en internet y de hecho hoy serían impublicables) y las tomó el yernísimo del dictador, médico y jefe del equipo médico habitual que trataba al agonizante. ¿Por qué lo hizo? No, desde luego, para documentar científicamente el proceso clínico. Franco, un tirano arcaico, representaba los dos cuerpos del rey, que discierne la teología política medieval: el cuerpo físico, que yacía bajo el aparataje quirúrgico, y el cuerpo espiritual que encarnaba el régimen que fundó y que sus próximos, familiares y políticos, deseaban que se prolongara indefinidamente en el tiempo. Las fotografías son el testimonio gráfico de este impasse a puerta cerrada mientras el país estaba sumido en un revoltijo de incertidumbre, ansiedad, temor y esperanza porque nadie que viviera en aquellos días con un mínimo de conciencia puede decir que su ánimo se mantuviera sereno.

Pero las fotografías eran también parte del botín que heredaban sus deudos como lo prueba el hecho de que fueran vendidas años después por una cifra millonaria. El dictador creó a su alrededor una clase cleptocrática de la que su propia familia era el ejemplo más conspicuo. Las fotografías constituían un despojo patrimonial, otro más, susceptible de ser convertido en dinero en efectivo. Su desenfadada publicación tuvo lugar en una sociedad de libre mercado pero no gustaron al público y arruinaron a la revista que las llevó al quiosco. Fue una apuesta editorial fallida porque amenazaba a la amnesia alegre y confiada que impregnaba el nuevo régimen democrático. Nadie quiere contemplar a un agonizante y menos si está presentado por el marmóreo titular, propio de viernes santo, que estampó el director de la revista en portada: agonía y muerte de Francisco Franco. ¿Y quién es ese? Curiosamente, su cadáver ha tenido más larga vida que su agonía.

El documental de la tele que recrea estos hechos no consigue despertar el interés del espectador, de este espectador. Las fotografías están ahí y son revisadas y comentadas pero el análisis y la glosa de los expertos y testigos es una cháchara que no modifica lo que ya sabían quienes vivieron en aquel tiempo. Es la desasosegante fijeza de las fotografías, que flotan en un vacío cada vez más extenso y profundo.