Los juntos por la patria han decidido apretar un poco más las clavijas al indeseado socio al que están uncidos por mor de las circunstancias y han anunciado con redoble de tambores que vetarán todas las leyes e iniciativas legislativas del gobierno para bloquear la legislatura, lo que quiera que signifique eso porque don Sánchez ya ha anunciado que llegará hasta el último minuto aunque sea en punto muerto. Don Sánchez ocupa el centro del tablero y aliados y oponentes carecen de condiciones para torcerle el brazo. El diálogo lo ofrece don Sánchez pero también establece los límites y marca los tiempos.

Hay tres argumentos para poner en solfa la bravuconada de don Puigdemont y compañía: 1) los incumplimientos de los que acusa al gobierno central -aplicación efectiva de la ley de amnistía, oficialidad del catalán en la unioneuropea o las  competencias en gestión de la inmigración- están fuera de la jurisdicción de este; 2) los juntistas no han abandonado los cargos y enchufes diversos en la administración pública que han obtenido de sus acuerdos con el gobierno ni piensan hacerlo, y 3) un adelanto de las elecciones, que sería la consecuencia lógica del bloqueo, les dejaría atrapados en una pinza entre dos extremos de la derecha: la anticatalanista de Madrid y la supercatalanista de Cataluña, don Abascal y doña Orriols respectivamente. Para vislumbrar este efecto basta con que observen la situación actual de don Feijóo ante unas hipotéticas elecciones en Valencia. Bien que mal, don Sánchez es lo mejor que los juntistas tienen a mano en este momento y, sabiéndolo, se han cuidado de no exigir elecciones anticipadas ni de insinuar que instigan o se suman a una hipotética moción de censura.

El artefacto de don Puigdemont no es un proyecto de futuro sino un residuo del pasado. El prusés no solo fue un dislate estratégico monumental sino la última expresión, fallida, de la política basada en criterios identitarios (nación, lengua, género, raza, etcétera) cuando ya estaba de vuelta la política basada en criterios socioeconómicos, es decir, de clase. La política es el arte de manejar la lucha insomne entre poseedores y desposeídos. Don Jordi Pujol, el padre del catalanismo moderno, tuvo claro que el nacionalismo eficiente debía ser un proyecto de obras, no de gestos, y atento a la buena marcha de los negocios, empezando por los suyos propios. La catástrofe bursátil de la primera década de este siglo (2008) acabó con la política de los negocios y resquebrajó el sistema de partidos en España. El prusés se puso en marcha en 2012 y encontró su razón formal en la sentencia del tribunal constitucional de 2010 (parcialmente derogatoria del estatut pactado en 2006) pero fue materialmente motivado por la crisis económica y el rechazo de la derecha catalanista en el govern a arrostrar las consecuencias en forma de recortes de gasto público y aumento de impuestos. La respuesta a esta contrariedad fue lo de Espanya ens roba y lo que vino después.

El tránsito de la política de los negocios a la política de las ideas derivó en Cataluña en la enésima carlistada. El buen pueblo echado a la calle con mucha gesticulación. La dirección del catalanismo político ha pasado de manos de un banquero a un periodista, de los hechos a las palabras, del pragmatismo al romanticismo, lo que tiene lógica porque las clases medias de las que sale la clase política han quedado colgadas de la brocha y en esta airada circunstancia los sueños envuelven el discurso. Los nuevos políticos flotan en una especie de vacío mientras buscan, o intentar crear, una base social a la que representar y que cimente su quehacer. No es tarea fácil porque la sociedad en este tiempo incierto se muestra dispersa y antojadiza; también la sociedad catalana, ay, quién iba a decirlo cuando desfilaba bajo banderas unánimes. Así que los políticos están abocados a gritar y gesticular en vez de negociar y gestionar si quieren ser visibles en la plaza pública colonizada por likers y haters.  En esta agitada atmósfera se apaña bien doña Miriam Nogueras, portavoz de los juntistas en el parlamento, una ogresa que cuando abre la boca parece que fuera a comerse al gobierno y a España entera. Debe pensar que, si no puedes divorciarte de él, incórdiale hasta hacerle la vida imposible.