¿Te puedes llevar a la tumba tu biografía y custodiar los hechos de los que fuiste protagonista mientras los gusanos te convierten en compost o, peor aún, cuando las llamas del crematorio te reducen a cenizas en un santiamén?
La memoria es la loca de la casa y a la vejez está desatada y vaga sin concierto por las habitaciones de tu experiencia pasada como fantasma en busca de un disfraz respetable. La elección no es fácil porque en esa vagancia se suceden recuerdos anecdóticos, sensaciones más urticantes que placenteras y relatos contrafácticos, que forman un pavoroso barullo. La autobiografía es el bálsamo para esta pesadilla. La autobigrafía es una novela en la que el protagonista es el autor. Es la última trola que te cuentas a ti mismo con la esperanza de que tus contemporáneos y herederos la acepten y al hacerlo te acepten a ti. La autobiografía es dejar un cadáver en campo descubierto y ataviado de gala a merced de hienas y buitres. La primera sorpresa del autobiografiado es el desinterés con que su obra es recibida. Los periodistas la reducen a un titular más o menos chusco; los historiadores la examinan con lupa en busca de la verdad contrastada que se contiene debajo de tanto oropel retórico. La autobiografía es un subgénero del reporterismo de sucesos y de la literatura forense.
El rey emérito ha escrito su autobiografía con ayuda de una escritora de confianza. El título de emérito es ambiguo y designa a alguien que ya no está pero de cuya presencia no podemos librarnos. En cuanto a la escritora, don Juan Carlos es un sentimental que ha demostrado su querencia por la calidez de las mujeres y sus habilidades para llevarte al paraíso, o al infierno, ay. Dejemos eso y vamos a lo que importa. La amanuense es Laurence Debray, hija del escritor revolucionario e intelectual político Regis Debray y de la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos, con experiencia en estos lances porque tiene escrita una biografía de sus padres con el título de Hija de revolucionarios. De las incendiadas selvas de América de Sur a los melancólicos palacios de Madrid y Abu Dabi, los y las escritores franceses valen para un roto y para un descosido.
El título de la autobiografía es Reconciliación y sin duda es lo que añora don Juan Carlos. Reconciliación con su país, con su familia, con su hijo y con la historia, pero va dado si espera ser recibido de su exilio voluntario por una multitud que le jalea y agita banderitas rojigualdas en el aeropuerto que lleva el nombre de su fastidioso adversario en el protagonismo de la transición. De momento y como preámbulo a la publicación del libro ya ha declarado cual es el hilo conductor de sus memorias: ser recordado como el tipo que trajo la democracia a España. Es un cliché que habría gozado de más duradera credibilidad si el mismo rey hubiera mantenido embridadas la libido y la codicia y no se hubiera dedicado a hacer lo que hacen todos los reyes y los borbones en particular: darse la mejor vida posible una vez que se ven asentados en el trono.
España es un país de republicanos que no consigue instaurar la república, así que la monarquía es el recurso recurrente que siempre está ahí. Franco, que destruyó el intento republicano a sangre y fuego, echó mano para su sucesión de un aspirante a rey que parecía un huérfano porque el mismo Franco había cortado el hilo dinástico que le unía a su padre, el cual entregó a su hijo al dictador como un rehén para sellar el compromiso de la restauración monárquica. La suerte histórica quiso que esa restauración ocurriera en un momento en que los países de Europa que habrían de acoger al nuevo régimen eran inequívocamente democráticos, así que don Juan Carlos, como un rey mago de oriente, trajo la democracia y cumplida la misión derrochó campechanía para resarcirse de los dones mundanos que le habían sido negados en el sombrío exilio de su infancia y siguiendo estas miguitas de pan terminó avecindado en un país árabe donde no se discrimina a los huéspedes lo bastante adinerados.
En las monarquías, el rey reinante debe construirse a sí mismo de acuerdo con el clima de la época y a menudo negando su herencia y a quien la representa. La eternidad que se supone a la institución está jalonada de episodios azarosos a los que debe adaptarse el reinante para seguir en el trono. Así, al rey campechano y jaranero le ha sustituido su hijo calvinista, que aun sabiendo que el trono, como la gracia divina, solo se concede a los elegidos, debe hacerse merecedor de él con su conducta. Ahora, don Felipe debe encontrar el momento y el modo de restaurar el bramante dinástico que lo une a su padre mediante alguna liturgia políticamente inocua.
La reconciliación dinástica tiene un precedente del hoy emérito con su padre, el rey sacrificado. Fue el dieciocho de enero de 1993 en el llamado salón del trono del palacio de gobierno de la remota provincia subpirenaica. Don Juan de Borbón estaba siendo tratado en la clínica del opusdei de una enfermedad terminal. El rey reinante visitó a su padre en este trance hasta en veinticinco ocasiones, según los cronistas, y en una de estas el presidente del gobierno regional tuvo la feliz ocurrencia de otorgar al rey que no fue la medalla de oro de la provincia. Al acto asistió toda la familia real, incluido el pequeño príncipe Felipe, que, arropados por sus acompañantes de protocolo y la ruling class local que no quiso perderse el acontecimiento histórico, convirtieron el exiguo salón en el camarote de los hermanos Marx. Don Juan pronunció un solemne discurso en el que renunció al trono, lo que quiera que significase eso en ese momento, y concluyó con un taconazo militar y un vibrante ¡viva el rey! dirigido a su hijo. Dos meses y catorce días después don Juan estaba muerto.
Quizá don Felipe debería arbitrar algún gesto semejante con su padre; las circunstancias parecen estar en sazón.
Don Manué,
Excelente articulo.
Que pena que no nos contaron la Historia (toda la Historia) como tu lo haces, tan magistral a la par que incisivamente, con una pagina que tanto nos concierne a todos los habitantes de este pais y, por supuesto, a los de esta»provincia subpirenaica».