Es el título de una historia de Norman Mailer, uno de los machotes que jalonan la nómina de la novela norteamericana del siglo pasado donde los flojos y nenazas, como Scott Fitzgerald, digamos, no encuentran la misma acogida. Míster Trump también se ve a sí mismo como un tipo duro que no baila, a juzgar por los forzados movimientos que hace con los brazos ante sus seguidores en los mítines, como un cangrejo sacado del agua agitando las pinzas. Pero no baila porque es un viejo y, como todos los viejos, teme una caída más que a ningún otro percance que pudiera ocurrirle.
Esta preocupación ha sido objeto de divagaciones en sus erráticas intervenciones públicas: …soy muy cuidadoso, ya saben, cuando bajo escaleras, soy muy… camino muy despacio, nadie tiene que batir ningún récord, solo hay que intentar no caerse, porque no sale bien… algunos de nuestros presidentes se han caído y eso ha pasado a formar parte de su legado [léase John Biden] y no queremos que eso pase, hay que caminar con calma y tranquilidad, no hay que batir ningún récord, tranquilo, tranquilo cuando bajes, pero no, no bajar las escaleras a saltos, eso es lo único que puedo decir de Obama, no le tuve ningún respeto como presidente, pero bajaba las escaleras a saltos, nunca vi nada igual, bop, bop, bop, bajaba las escaleras sin agarrarse… yo decía, es genial, pero no quiero hacerlo, supongo que podría hacerlo, pero al final pasan cosas malas y basta con que pase una vez, pero él hizo un trabajo pésimo como presidente…
La experiencia de la vejez está ocupada por dos campos simétricos y contradictorios: la hostilidad de la realidad material y la imperiosa fuerza de los sueños. Los viejos no pueden dominar ni cambiar los hechos pero quieren someterlos en su agitada y premiosa imaginación. Los objetos inertes, ya sea la escalerilla del avión o un misil con cabeza nuclear, resultan amenazadores porque no se someten a las menguadas habilidades del viejo, a la vez que este siente el deseo imposible de saltar como un gamo sobre los peldaños de la escalera o aterrorizar a su interlocutor con la simple alusión al misil.
Míster Trump es un cobardón senil al que le tienen tomada la medida los tipos duros de verdad, por tradición y por carácter: Putin y Netanyahu. El primero más que el segundo porque no depende de él para sobrevivir en el poder. Ser duro en este negocio es asistir al asesinato de multitudes perpetrado en tu nombre y dormir tranquilo. Trump es un abusón, que es distinto a ser duro, y como un niño malcriado con un videojuego hunde barquichuelas en el Caribe y acusa de narcotraficantes a los tripulantes asesinados para darse importancia. A los viejos les gusta hacer alardes que lejos de concitar admiración producen desconcierto, irritación, ira y por último pasividad, impotencia. En este arco emocional está atrapada Europa con la jefa von der Leyen a la cabeza.
Los viejos insisten en la actividad en la que creen que han sido buenos en el pasado, aunque en la nueva situación sea extravagante y disfuncional. Trump ve el mundo como un vasto solar para ser urbanizado y la diplomacia como un chalaneo entre el promotor y el concejal de urbanismo, y, mientras se resuelven los contenciosos de Gaza y Ucrania, antes de llevar al terreno las excavadoras y para no tener inactivo el equipo, ha empezado a construir un salón de baile en el ala este de su residencia oficial. El afán inmobiliario aparece envuelto en una ensoñación austrohúngara de oropeles y lámparas de lágrimas bajo las que el anciano emperador abrirá el vals emparejado a su amada Melania, como un elefante marino abrazado a una anguila o como Francisco José y Sissi, y estos temblorosos pasos de baile desmentirán el tópico de que los tipos duros no bailan.