El toreo no es español, es interplanetario. Por eso la profanación que ha hecho el hombre del silencio eterno de los espacios infinitos al pisar la Luna, profana y destruye poco a poco el mágico y prodigioso arte de torear. (José Bergamín, La música callada del toreo).

La víctima propiciatoria es un ser vivo que la tribu sacrifica para aplacar sus tensiones internas y restaurar sus equilibrios. En la medida que tensiones y desequilibrios son estructurales, el sacrificio se hace rutinario y por último deviene espectáculo y se convierte en seña de identidad. Aquí y ahora, entre nosotros ese chivo expiatorio es el toro de lidia. Observado con la debida distancia habremos de convenir que es muy raro, patológico, que el tormento y muerte de una res de ganado vacuno en una liturgia pinturera sea considerado patrimonio cultural de la nación, como si fuera una catedral gótica o el descubrimiento de la física cuántica. Sin embargo, así está catalogada por el parlamento desde 2013. Días atrás, una iniciativa legislativa popular para despojar a la lidia de esta vitola fue derrotada en el mismo parlamento por la abstención del pesoe, que traicionó la palabra dada a los impulsores de la iniciativa.

El tópico afirma que el pesoe es el partido que más se parece a la sociedad española, donde hay partidarios y detractores de la tauromaquia, pero es una contradicción histórica que un partido que se predica progresista carezca de criterio firme sobre una cuestión tan arcaica y vacua como la lidia de toros. Ni siquiera se trataba de prohibirla; la iniciativa perseguía despojarla de la impostada etiqueta de patrimonio cultural, cosa que indudablemente no es porque ni identifica al país ni es un festejo exclusivamente español. El titubeo del pesoe revela los límites de su energía transformadora y las servidumbres hacia el casticismo con el que vienen topando las fuerzas reformistas del país desde dos siglos atrás.

La tauromaquia ha sido siempre una afición minoritaria pero hasta la segunda mitad del siglo pasado ha disfrutado de la ventaja de ser el único entretenimiento de masas.  Los palcos de la plaza eran escaparate de lucimiento de las clases dominantes y en los graderíos de solanera se arrebañaba la plebe. Fuera de ese circo artificial, la realidad era trabajo, hambre y desesperanza. El carácter extravagante del festejo despertó la curiosidad y sirvió de inspiración a literatos y pintores, pero si se examinan sus obras con atención se advierte que ninguna ensalza la lidia ni oculta lo que tiene de pura barbarie.

La lidia perdió la primogenitura como espectáculo de masas a favor del fútbol y de la televisión y ahora el entretenimiento está en manos de una industria omnipresente y omnipotente donde la tauromaquia no aparece. Esto crea a su alrededor un vacío de indiferencia popular que dificulta la acción de los antitaurinos y conduce a resultados como el que se vio en el parlamento. Lo nuevo en el actual espíritu de rechazo a la lidia, que se aparta, por ejemplo, del discurso antitaurino de un clásico como Eugenio Noel, es la mirada puesta en las sevicias a las que se somete al toro, una suerte de compasión animal que tiene que ver con la expansión de una moral ecológica: quien maltrata a un animal incrementa el dolor del universo. ¿Pero quién se siente concernido por esta prédica en un mundo carnívoro?

La derecha ha respondido a este fallido esfuerzo de la izquierda con una iniciativa desquiciada, como todas las que emprende la virreina de Madrid. Entre ella y su correligionario el alcalde don Almeida han creado una reserva para la protección cultural de la fiesta de los toros. Una suerte de balneario donde las reses bravas se aclimatarán, lo que quiera que signifique eso, a la espera de su traslado a la plaza en la que les espera lo que sabemos. En este espacio se celebrarán también festejos con muerte y sin muerte de la res y operará como un centro de enseñanza superior para los egresados de la escuela de tauromaquia de la capital, además de como sede de ferias relacionadas con el mundo del toro y de grandes eventos de ámbito internacional.

Si este es del destino de la tauromaquia, los antitaurinos están de suerte porque significa encapsularla en un recinto restringido y abstruso, envuelto en una jerga de marketing vacía. La ocurrencia recuerda la oficina del español que doña Ayuso creó para ganapán del náufrago don Cantó y de la que nunca más se supo hasta su liquidación a finales del año pasado. Quizá sea también una suerte para los toros llevados a aclimatarse en este balneario porque, como ocurre en La montaña mágica, se olviden de ellos y puedan vivir con placidez hasta morir de viejos.