No soy quién para decir si en Gaza hay o no un genocidio, pero durante mi estancia allí perdí la cuenta de los niños heridos que llegaban solos al hospital porque su familia había muerto en un bombardeo. (Raúl Incertis, anestesista y médico de urgencias, voluntario en Gaza de abril a junio de este año).
Quien justifica sus acciones por su condición de oprimido se convierte fácilmente en opresor (José Álvarez Junco, historiador, autor de ‘Qué hacer con un pasado sucio’)
Un divertimento en la feria del pueblo es el tiropichón. Unos patitos de hojalata desfilan ante los eufóricos jugadores que los abaten con una escopeta de aire comprimido para ganar un peluche o un bastón de caramelo. Los patitos han sido sustituidos por niños famélicos, viejos impotentes, madres desesperadas y jóvenes iracundos. Las víctimas, como los patitos de feria, no pueden escapar ni cubrirse de la puntería de los tiradores porque todo lo que dejaron atrás está destruido y ellos mismos al límite de su existencia han sido azuzados para ir a un sitio seguro. Los sitios seguros a los que los soldados israelíes empujan a los palestinos de Gaza son un señuelo análogo a las duchas donde los soldados de las SS decían conducir a los judíos de los guetos de Varsovia y Lublín.
Si el curioso guglea patitos de feria encontrará en internet que han desaparecido los famélicos de hojalata de su infancia y ahora son de caucho o plástico, rechonchos y luminosos, y no son cazados con escopeta sino extraídos con una amorosa caña de la piscina en la que se agrupan. Los patitos de feria no solo han ganado el derecho a no ser abatidos a tiros sino que han mejorado notablemente sus condiciones de existencia, lo que no les ha sido dado a los palestinos desde 1948; entonces se les expulsó de su tierra a campos de refugiados dispersos y ahora, que no tienen a dónde ir, se les extermina. ¿Cómo llamamos a este hecho a que nos enfrenta todos los días el telediario?
Genocidio es un término jurídico acuñado en 1948 por el jurista Raphael Lemkin para definir el exterminio sistemático y deliberado de un pueblo, grupo étnico o nacional, total o parcialmente, por razones ideológicas no justificables en ningún caso. Por la fecha y las circunstancias en que se acuñó esta figura delictiva se aplicó directamente al exterminio de los judíos europeos, en el que cuadraban todos los términos de la definición, de tal modo que genocidio y Holocausto se convirtieron en sinónimos desde campos semánticos paralelos, el jurídico y el histórico, lo cual tuvo dos consecuencias.
La primera, la dificultad de técnica procesal para aplicar el concepto a otros crímenes masivos. Un poder político o militar puede perpetrar matanzas en una colectividad humana homogénea sin que se derive automáticamente la definición de genocidio. El concepto quedó así congelado en un hecho histórico irrepetible por definición; ninguna matanza ocurrida antes o que ocurra después, por atroz que sea, puede calificarse de genocidio: este, el Holocausto, adquirió así una dimensión sagrada, una suerte de marca o frontera universal entre el bien y el mal. Esta es la versión que ha aceptado el alcalde de Madrid, don Almeida, entre otros partidarios de que los palestinos sigan cayendo como patitos de feria hasta su extinción o su conversión en atildados camareros del resort que planea míster Trump.
La segunda consecuencia, derivada de la anterior, es que los titulares de la venganza por aquel delito son los herederos de las víctimas del Holocausto que lo tienen como un patrimonio moral y con la aquiescencia de los países occidentales perpetradores de aquel genocidio se sienten autorizados a hacer lo que crean necesario para garantizar su seguridad y sus planes de futuro, sean los que sean, exterminando a quienes se oponen a ellos. Si la oposición es física, se la liquida físicamente; si es política o diplomática, se acusa al opositor de antisemita, palabro que también merece un examen lingüístico porque en puridad son más semitas los palestinos que los judíos europeos, americanos, africanos o asiáticos con pasaporte israelí que se sienten autorizados a masacrarlos.
El genocidio, como arma semántica, ha cambiado de sujeto. Así lo entienden con razón los centenares de miles de personas que se manifiestan en defensa de Palestina y que ayer bloquearon la vuelta ciclista a España para protestar por la presencia de un equipo israelí. Debajo de estos hechos hay una pregunta en relación con el derecho a participar en competiciones deportivas internacionales: ¿por qué se niega este derecho a Rusia por su invasión de Ucrania y se acepta para Israel que masacra Gaza y ocupa brutalmente Cisjordania? La respuesta de las autoridades deportivas es muy alambicada: Rusia tiene vetado este derecho porque podría incluir en sus equipos a deportistas originarios de un país ocupado ilegalmente de acuerdo con el derecho internacional como es Ucrania. Esta cautela no concierne a Israel porque Palestina no es un país reconocido sino una suerte de res nullius y sus habitantes son en consecuencia apátridas. El estatus internacional de los palestinos ha empeorado notablemente desde que fueran súbditos del imperio otomano primero, habitantes del protectorado británico después, hasta patitos de feria bajo la dominación israelí. Esta es la razón que justifica la necesidad de un estado palestino: la bicha de los israelíes porque cercena sus ambiciones territoriales y su autoridad como potencia hegemónica en la región. Y así llegamos a la bomba atómica.
Es la herramienta del holocausto por antonomasia. El holocausto nuclear, se decía durante la guerra fría antes de que la palabra fuera registrada en un solo sentido y (casi) olvidada su amenaza. Israel es la única potencia nuclear de Oriente Medio, lo que le permite atacar a placer a países vecinos, estos sí, plenamente reconocidos en la comunidad internacional -Líbano, Siria, Irán, Yemen, Qatar- sin consecuencia alguna e ir creando una zona de influencia con dos franjas concéntricas; la interior, formada por los países limítrofes que pueden ser intimidados militarmente, tanto más si acogen refugiados palestinos genéricamente calificados de terroristas, mientras la franja exterior estaría formada por países lejanos –Marruecos, Arabia Saudí- potencialmente amigos o socios mediante acuerdos de interés comercial y político. Este era el objetivo de los llamados acuerdos de Abraham, cuyo desarrollo dinamitó el atentado de Hamas del siete de octubre de hace dos años.
En su pulso verbal con el gobierno de don Netanyahu, don Sánchez mencionó la bomba para recordar el carácter de Israel como potencia nuclear, pero de inmediato le fue tomada la palabra por el gobierno israelí para acusarle de amenaza genocida hacia los judíos. Lo importante para los sionistas es no perder la titularidad de la palabra genocidio. Ellos son víctimas de un genocidio interminable (*), los demás solo mueren.
(*) Benjamin Netanyahu es hijo de Benzion Netanyahu un historiador polaco autor de un monumental estudio sobre la inquisición española en la que sitúa a este órgano en la cabecera histórica de la persecución a los judíos, precedente del Holocausto nazi. Netayahu júnior no ha dudado en utilizarlo en su bronca con don Sánchez. Para ser franco, la opinión sobre la inquisición española es lo único en lo que se puede estar de acuerdo con un Netanyahu. El problema cognitivo, en todo caso, lo tendrán doña Ayuso y demás pro sionistas herederos políticos de los antisemitas del pasado, inquisición incluida. Espera que el gobierno israelí no decida que España puede ser un buen destino para los palestinos supervivientes en Gaza y Cisjordania.