El humor tiene patrones. Hay, o había, un tipo de chiste que decía así: se abre el telón y en escenario está tal o cual personaje o cosa, se cierra el telón, ¿qué es? Este tipo de calambur es conocido como el chiste de Alaska. Se levanta el telón y aparecen en el escenario Trump y Putin, baja el telón, ¿qué es? Nada.
Nuestro mundo es una pantalla gigante a la que un público planetario asiste embobado a la espera del final de la película; entretanto, unos grupos de espectadores pelean con otros, desaparece envuelta en llamas una parte de la sala, los analistas, asesores y guías turísticos explican a los más despistados el significado de los subtítulos, etcétera, y al final siempre hay un cuñado que no ha entendido la película. Nada, coño, nada. No ha pasado nada. ¿Pero no son los masters of the universe?, ¿no se han reunido para resolver una situación que debe ser insignificante vista desde su altura?, insiste el cuñado. Dios, qué turre es asistir con un cuñado a la guerra de las galaxias. A ver si lo entiende antes de navidad.
Un vasto territorio llano que produce cereal y tiene en el subsuelo minerales mágicos está en disputa entre la coalición de la luz y el imperio de las tinieblas. El jefe de la luz es un gallo de corral, de cabellera solar y gran corbata luminiscente que lo mantiene enhiesto; el señor de las tinieblas es compacto e incoloro, de cabeza roma y ojillos afilados. Las artes del primero son el trato ventajista y el acuerdo rápido; el segundo tiene una paciencia mineral y un entendimiento rocoso. Ambos están acostumbrados a sentarse a la mesa con rufianes y asesinos; son de los suyos. El primero vive en un mundo de codicia insaciable; el segundo tiene todo lo que puede desear en su mundo. Los tiempos de ambos, en consecuencia, discurren a velocidades distintas: premioso y urgente para el primero; calmo e inasible para el segundo.
La luz y la sombra mantienen una dialéctica caracterizada, sin embargo, por una desigualdad derivada de las meras leyes de la física. La luz necesita esfuerzo y gasto de energía y en último extremo es transitoria, fugaz; la oscuridad, a contrario, vive en una inercia perenne, una suerte de plácida eternidad. Por eso el jefe de la luz admira al señor de las tinieblas y al contacto entre ambos es el primero el que se apaga y no el segundo el que se enciende.
El juego no es incruento; muere gente y se destruyen ciudades. Pero una conveniente mezcla de intereses, cobardía, cálculo e impotencia lo mantiene encapsulado bajo la intimidante y consoladora banderola del holocausto nuclear. El repiqueteo mediático lo hace parcialmente perceptible fuera del perímetro bélico, pero bastaría un pequeño cambio del sistema y sería invisible e inaudible, como lo son otros conflictos vigentes ahora mismo en el planeta. Retrepados en el sofá, no sabemos si queremos que la guerra acabe o que dejen de emitirla en el telediario. Así se explica la expectación levantada por el chiste de Alaska: aparecía envuelto en la solemne atmósfera de un juego de prestidigitación. Nadie espera gran cosa de estos juegos pero, vamos, ¡qué menos que un conejo que sale de la chistera! Pues ni eso. Nada.