‘Good-bye, you chaps. It was a damned fine fiesta.’ (The Sun Also Rises, Ernest Hemingway).

El viejo ha pasado los días de fiesta enfrascado en la enésima lectura de la casi centenaria novela de Ernest Hemingway que lleva este título. El viejo hace acopio de recuerdos, deshilvanados, accidentales, quizá inventados,  el único patrimonio que le queda para decirse a sí mismo que ha vivido, como si pudiera llevarse su biografía al otro lado de la laguna Estigia. El proceso de recuperación del pasado es, como el pasado mismo, fortuito, y nace de una ocurrencia. En esta ocasión, el viejo ha recordado que no recordaba nada de la película inspirada en la novela, un melodrama plano de Henry King de 1957, que encuentra en una plataforma digital.

No recordaba nada excepto las ridículas boinicas encasquetadas en las cabezas de Tyrone Power, Errol Flynn, Eddie Albert y el soso Mel Ferrer. La chica, Ava Gardner, la femme fatale por antonomasia. Un reparto de campanillas para una producción inane, de dramatismo impostado y esforzadamente rodada en México por razones obvias de la época. En una secuencia aparece durante una fracción de segundo el pintor Gerardo Lizarraga, un paisano republicano exiliado que trabajó en el escenario de la película. Descubrirlo produce en el viejo una momentánea satisfacción de quien encuentra una pieza del puzle inacabable que constituye la memoria y pulsa pause para detener el relato. Días atrás, había saludado a la periodista Blanca Oria, que hace unos pocos años comisarió una exposición de la obra de Lizarraga en el museo de la remota ciudad subpirenaica. Ficción y realidad se entremezclan, como si cada una desease las cualidades de la otra. El pasado se aleja y el presente se ve arrastrado tras él.

La película es tan tonta, tan insignificante, que le hace preguntarse al viejo por qué le gustó tanto y durante tanto tiempo la novela en la que está inspirada. The Sun Also Rises es todavía casus belli entre los indígenas ilustrados de la ciudad, pero la fiesta que ahora mismo ocupa las calles tiene poco que ver con la que describe Hemingway. Esta de ahora es atildada, banal, televisiva, sin más dramatismo que la vigilancia contra las agresiones sexuales a las mujeres, más inquietantes que la fiereza de los toros en el encierro a la que Hemingway dedica gran atención en su novela.

El viejo extrae el ejemplar de Fiesta del anaquel de la biblioteca y le asalta otro recuerdo inducido. El escritor acudió a Pamplona por indicación de Gertrude Stein, la patrona del mundillo cultural y artístico de Paris en los años veinte, alrededor de la cual revoloteaban los creadores de lo que sería el influyente modernismo literario y artístico del siglo pasado, a los que la gran dama definió como la generación perdida. La señora Stein parecía creer que España en general y Pamplona en particular eran el repositorio de la vida auténtica, donde se libraba la lucha por genuina causa de la humanidad, ya que recomendó también que viajaran a la península a los escritores negros neoyorkinos Langston Hughes y Richard Wright, como nos cuenta nuestra amiga la ensayista y traductora Maribel Cruzado. Tal vez sea esa la perspectiva desde la que hay que leer Fiesta.

El volumen que tiene el viejo entre manos es una edición de 2003, traducida por Miguel Martínez-Lage, también paisano de esta remota ciudad y conocedor de la materia de la novela. El objetivo confeso del traductor es trasladar a un castellano corriente de esta época el texto original, pero el lector advierte de inmediato los manierismos del presente -que en ocasiones es ya pasado- de quien habla de algo muy sobado y consabido. Adornar las frases del original con caracoleos locales no es buena idea. A veces parece una traducción de otra traducción y el viejo decide cotejarla con una edición de 1983, firmada por Joaquín Adsuar, más ceñida y sobria, pero en la que también se pierden la concisión y las aliteraciones características del autor, que evocan la  prosa bíblica y, como en la Biblia, lo que se cuenta en esta novela es una historia sobre el destino humano bajo un montón de anécdotas triviales. El viejo termina enfrascado en tres textos –el original y dos traducciones-, que coteja en busca del mensaje como un hombre de las cavernas golpea las piedras para provocar la chispa que traerá la luz y el calor. La lectura se convierte en hermenéutica. Es un chiste pasar los sanfermines sumergido en la hermenéutica.

Fiesta en la era de Trump, cuando el famoso soft power del imperio estadounidense está periclitado, trae algunas sorpresas, que este lector no había advertido en lecturas anteriores. Los protagonistas de la novela son ángeles mensajeros de un nuevo testamento que se apoderará de la cultura europea en las décadas siguientes, pero sobre el terreno forman una cuadrilla de vagos, abusones y predadores, ebrios y ciegos (y antisemitas), que se adueñan del territorio recién ocupado con el poder de su moneda fuerte, que les permite comprar lo que se les antoja, y la contundencia de  sus puños con los que expresan su sentido de la justicia y los límites del derecho. Este ponerse a prueba del héroe, que es el leitmotiv de la obra de Hemingway, requiere un territorio ignoto, habitado por gente pintoresca, que canta y baila y ofrece al visitante buen vino. Y ahora también paga aranceles.