El politiqués es un lenguaje cuya característica principal es la fluidez de los significantes, que se deslizan sobre los significados, no para atraparlos sino para eludirlos. El politiqués es una serpiente cuyo sinuoso movimiento no persigue cazar a la presa sino dejar que escape hacia la oscuridad del bosque, lo que en semántica se llama la insignificancia. El politiqués es un lenguaje sin sentido. También es un lenguaje muy deteriorado desde que los políticos han decidido expresarse mediante consignas y órdenes cuarteleras, que con facilidad derivan en ladridos, gruñidos y alaridos, como se puede comprobar cualquier día en el parlamento. Estas destempladas manifestaciones son audibles desde muy lejos y producen emociones fuertes y repentinas –subidones de adrenalina, para decirlo en jerga– pero no retienen la atención del auditorio, y no puedes estar aullando todos los días sin riesgo para las cuerdas vocales. A este fin, se han instituido unos tiempos, breves, silenciosos y grávidos, en los que puede oírse el politiqués clásico en boca de virtuosos que fueron sublimes en su época y cuya parla recordamos con el embeleso de un aficionado a la ópera que recuerda tal o cual aria de tal o cual cantante.
Esta mañana le ha tocado el turno de regalarnos con su politiqués cadencioso, sutil, envolvente, a don Felipe González, otra vez, que invitado por los trémolos de la orquesta, se ha dejado ir y ha permitido que su pensamiento, aaah, se elevara a las alturas. Si se consolida el aval de la norma nunca apoyaré a quien haya participado en esta barrabasada, ha dicho. ¿Qué ha querido decir? Básicamente, que quiere matar (políticamente) a don Sánchez y no tiene más arma que su voto individual. ¿Cómo lo ha dicho? Veamos: lo que llama la norma es la amnistía. Pero ¿qué significa si se consolida el aval de norma? La amnistía es una ley aprobada por el parlamento, que fue recurrida por la oposición y ha sido sancionada por el tribunal constitucional, lo que quiere decir que es una ley de pleno derecho y obligatorio cumplimiento. Ninguna autoridad legítima puede impedir la consolidación del aval de la norma porque hacerlo sería un golpe de estado. ¿Es ese territorio por el que vaga la imaginación senil de don Felipe? Por último, resulta que todo ha sido una barrabasada, una palabra anticuada, inane, paternalista, de abuelo que se dirige al nieto. Nunca sabremos si don González votará o no al pesoe, pero ¿a quién le importa excepto quizá a su geriatra?
Uno de los rasgos más desapacibles de la vejez es que te vas pareciendo a tu caricatura, a esa especie de Gestalt intransferible que nos habita desde el nacimiento e informa nuestros actos y pensamientos a lo largo de la vida. A medida que los sentidos se embotan, la voz se apaga y los recursos físicos y mentales amenguan, la caricatura que somos y que hemos intentado disimular durante los tiempos del vigor se hace más evidente. Si se consolida el aval de la norma nunca apoyaré a quien haya participado en esta barrabasada es la clase de arabesco verbal que nada significa y que los viejos del lugar reconocemos al instante; un galimatías destinado a envolver y desfigurar los hechos a beneficio propio. Felipe en estado puro.
Don Sánchez carece de maña para envolver la realidad con el humo que sale de la lámpara de Aladino. La astucia felipesca le es ajena y donde su ancestro (y ahora enemigo) creaba una envolvente él va directo y a la cabeza. Un ejemplo de ahora mismo: véase la diferencia de estrategias desde aquel otan, de entrada no de cuando entonces a la carta del 2,1% de ahora. Aquella fue una gigantesca maniobra de distracción que comprometió a la voluntad de la ciudadanía a través de un referéndum forzado; en esta ocasión, ha sido un enfrentamiento en solitario del presidente del gobierno en un entorno hostil frente a un ogro de maneras canibalescas. Quizá el resultado sea el mismo porque ni don González ni don Sánchez están en condiciones de cumplir el deseo mayoritario de la sociedad española, que es salir de una organización militar diseñada para defender intereses que no son los propios y en la que el país tiene un papel subalterno. Y algo parecido podría decirse sobre la cuestión catalana. Compárese la protección subterránea que dio don González a don Jordi Pujol cuando este era investigado por la corrupción de bancacatalana a cambio de su apoyo político y el camino de la amnistía emprendido por don Sánchez. El resultado es el mismo: no se puede gobernar España sin Cataluña.
Don González es un viejo sediento de lisonjas, encabronado por la inclemencia de la edad, y dispuesto a dilapidar su memoria bailando como un oso despeluchado en la plaza pública apenas oye el batido del pandero. En la cara de quienes le rodean se advierte la cínica mezcla de complacencia y conmiseración que provocan sus consabidos números. El espectáculo no habla a favor de los operadores de la comunicación que le traen a escena, porque denota pereza cívica, miedo al futuro y engaño ante la realidad. Pero en esas estamos: la vida sigue y el oso baila.