Al buen pueblo le gusta asistir a la decadencia de los imperios y el tópico tiene mucho predicamento en la conversación por lo menos desde Edward Gibbon. El imperio se convierte en un modelo para armar o en un videojuego, según la época, y en pasto para literatos con ambiciones profesionales. Imperio suena bien; decadencia o caída, mejor. La primera vez que este viejo leyó sobre el asunto fue en los años ochenta en el repetido librote de Paul Kennedy. Desde entonces han debido caer unos cuantos imperios y nacer otros sin que el viejo se haya enterado. La vida de los imperios es como la de los árboles en bosques inhabitados; brotan, crecen y mueren sin testigos. Son luego los geólogos y botánicos los que fijan las dimensiones y efectos de lo ocurrido.
Desde la toma del poder en Washington por el loco del pelo naranja, se oye a menudo sobre la decadencia del imperio americano. Para demostrar el equívoco de esta apreciación, el loco ha celebrado su octogésimo aniversario con una lucha de gladiadores en su palacio. El escenario ha despertado de inmediato la metáfora histórica, asociada también a la celebración del mundial de fútbol, que el loco ha manipulado a su interés, secundado por su pretoriano, Gianni Infantino, un tipo que no engaña ni con la mirada, un mago de las maniobras en la oscuridad. En resumen, la metáfora dice: el Mundial de Calígula. La buena noticia, con perdón, es que Cayo Calígula fue el primer emperador romano asesinado. La mala, que desde su muerte en el año 41 dC. hasta la extinción definitiva del imperio con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 pasaron catorce siglos. El imperio es un acontecimiento de longue durée, como diría el maestro Fernand Braudel.
Al contrario que los emperadores que le precedieron en el trono de Washington, Trump no tiene necesidad de caer simpático, como Clinton u Obama, ni mostrar la formalidad de un pastor presbiteriano, como Reagan o Bush Sr. Él, como sabe todo el mundo, es un predador zafio, codicioso y exhibicionista. Quizá no haya otro espécimen análogo en la lista de los presidentes norteamericanos pero se encontrarían unos cuantos en la nómina de los emperadores romanos. La paradoja del fin de la Historia, decretado por el doctor Fukuyama a principios de los noventa, es que ha abolido el futuro y vamos hacia el pasado a toda pastilla. Trump a lo suyo y nosotros, aquí, con Hernán Cortés. Trump también es un conquistador y un saqueador, que en sus momentos de asueto, que son los más, imita las maneras del imperio romano y ¿quién no hubiera querido vivir bajo el imperio romano?, a riesgo de encarnarte en un galeote de trirreme porque nada es gratis.
En este clima inolvidable, Trump ha celebrado su vetusta condición presenciando con toda la familia imperial, nietillos incluidos, un combate de lucha extrema, enmascarada bajo el piadoso anagrama UFC, que no hace falta describir en qué consiste, basta ver las imágenes de uno de los combatientes –el perdedor Ilia Topuria- cuando es evacuado del octógono camino del hospital. Curiosamente, dos tipos de una especie o clase inferior dejándose la vida a hostias para solaz de los poderosos no es un espectáculo inédito en la Casa Blanca, incluso puede decirse que esta actividad lúdica tiene una relación directa con los afanes imperialistas del inquilino de la casa. El épico Abraham Lincoln organizaba combates de lucha libre en el mismo recinto y Ted Roosevelt tenía pujos de boxeador, en su caso como práctica para superar al niño débil y enfermizo que fue, y que complementó alistándose en un regimiento para conquistar Cuba en 1898. Cuba fue la primera conquista transoceánica del imperio, ahora en fase de revertir a sus dueños, que no son los cubanos según la doctrina vigente.
Trump se homenajea a sí mismo con un combate de gladiadores el mismo día en que es derrotado al otro lado del océano por los iranios. También eso tiene un cierto tipismo histórico. En Roma no cesaban los festejos mientras lejos, muy lejos, guerreaba y a menudo perdía contra ilirios, dacios, partos, celtas, britanos y otras gentes de los que los romanos no sabían ni una palabra, como nada saben los trumpianos actuales de las guerras de su emperador. Este es un hecho del que, sin embargo, no puede inferirse que estemos asistiendo al declive del imperio.
P.S. Las luchas de gladiadores se prohibieron por un edicto de Constantino en 325 y el último combate registrado en el circo romano tuvo lugar en 404 cuando el santo Telémaco saltó a la arena para impedir el que se estaba celebrando y fue lapidado por la plebe. Éxito del cristianismo. ¿Quién iba a decirlo? Tanto en el marcador para el papa Prevost.