Los juntistas son de derechas y ayer votaron con las derechas del congreso. La alcaldesa Orriols estaría contenta. Los catalanes no son tan raros como para ser inmunes a las corrientes de este tiempo, que incluso en la pulquérrimamente constitucional Alemania están escorando la correlación de fuerzas hacia el fascismo. Don Puigdemont y los suyos también son europeos. Esto va de lucha de clases, como recordó atinadamente ayer en el congreso el portavoz sumando, don Pisarello, obviando que los beneficiarios de la ley que se debatía eran del bando de los poseedores, de los rentistas, de los herederos del pujolato, y no de los desposeídos. Los juntistas están llamados a entenderse con la coalición reaccionaria española, por eso el debate de la amnistía fue tan raro. Los portavoces de la derecha, con don Feijóo al frente, se mostraron consabidos, redundantes y huecos en sus alegatos, y cabizbajos mientras escuchaban los discursos de la mayoría parlamentaria, que exhibió algunos parlamentos de gran calidad en los portavoces de peeneuve, sumar y bildu.

La nota discordante, la voz que recordó qué se debatía en ese momento fue la de doña Nogueras, la puigdemontesa: engallada, destemplada, autoritaria, como si los beneficiarios de la amnistía fueran el resto de los españoles representados en el hemiciclo y ella se dirigiera a las que friegan las escaleras, para decirlo con la florida retórica de la ex alcaldesa de esta remota ciudad subpirenaica. Los delirios procesales de un par de jueces, no menos peligrosos por ser delirios, le sirvieron de fulcro para impulsar el discurso acusador, como si el gobierno que ha promovido la trabajosa (y en gran medida impopular) amnistía y las fuerzas parlamentarias que la apoyan fueran cómplices de esos jueces, como si se estuviera debatiendo sobre la totalidad del sistema democrático que los puigdemonteses están llamados a redimir. Venga ya.

Para los que creemos en la necesidad histórica de la amnistía fue un verdadero alivio que don Sánchez y los negociadores del gobierno no se plegaran a las inacabables exigencias de los puigdemonteses. Como siempre que se trata de filibusterismo parlamentario, las enmiendas de los juntistas son ininteligibles. El pretexto de su presentación es que la amnistía defienda de la acción judicial a todas las acciones de todos los agentes del prusés, lo cual es una misión imposible, vista la inabarcable panoplia de acciones y gestos que desplegó el dichoso prusés y la enorme creatividad jurídica y mediática de que son capaces algunos jueces empeñados en ingresar en el star system de la judicatura y llevar la batuta del país sin quitarse la toga. En el mejor de los casos, a la ley de amnistía le espera, después de aprobada, una larga y dura caminata por todas las instancias judiciales posibles, y preverlas todas es imposible sin alterar el armazón de la ley y con él su viabilidad constitucional. Así lo argumenta el gobierno y no hay razón para creer que por su parte haya mala fe y ganas de boicotear lo que tanto esfuerzo le está costando.

En el bando carlista, las cosas se ven de otro modo. Don Puigdemont lo ha dicho muchas veces: no se fía de Espanya, y eso incluye a su gobierno y a todos los espanyoles que no somos don Puigdemont. Esta desconfianza es el último patrimonio político que le queda. A día de hoy, preside sin cargo orgánico alguno el cuarto partido en Cataluña, que ni siquiera se sienta en el govern. Y tiene otro problema adicional y grave: restaurar la confianza de los cientos de miles de catalanes que le siguieron en la estela independentista y a los que engañó. Está cabreado consigo mismo y, como todos los narcisistas, quiere convencerse de que la culpa la tienen los demás. Podemos imaginar la pesadilla que le quita el sueño. Vuelve en andas a Barcelona y cuando se asoma por la ventanilla del tren que le ha traído a Sants, una voz airada brota de la multitud: cabrón, a ti te han amnistiado y a mí me empapela el juez Aguirre por alta traición porque un día escribí en un guasá que me gustaban los coros y danzas del ejército ruso, pues que sepas que te he delatado.