Los bosques europeos son esos lugares tenebrosos donde el lobo se disfraza de abuelita y se come a la niña. Es lo que le ha ocurrido a una pequeña iraquí de cuatro años, a la que llaman Eileen, desaparecida en la umbría frontera entre Polonia y Bielorrusia.
El desierto de los tártaros
Entre tantos lamentos, Bruselas parece inclinarse por financiar, finalmente, la erección de muros y alambradas en las fronteras de la unión. Falta un paso para que el proyecto europeo se fosilice en el escenario de El desierto de los tártaros, donde a resguardo de una fortaleza onírica esperamos a un enemigo que no llega nunca porque no existe.
La gran ilusión
La marcha de Angel Merkel ocurre después de una serie de crisis –financiera, territorial, migratoria, sanitaria y política- que han sacudido a Europa y a las que ha capeado cuando le tocó hacerlo pero que no ha resuelto y, a contrario, han hecho más evidentes las costuras de la Unión y más evidente su improbable pervivencia.
Los tocadores de narices
En efecto, la unioneuropea tiene muchas narices pero carece de unidad política, poder diplomático y militar, sus miembros tienen intereses matizadamente divergentes y, para decirlo todo, está trufada de fuerzas y partidos nostálgicos del pasado (fascistas, dicho en claro) que quieren destruirla desde dentro.
El embajador de la isla desierta
Ya hemos llegado a casa y a la sinopsis del suceso: a) un embajador altamente motivado, también por razones personales y b) una catástrofe diplomática con expulsiones a chorro de diplomáticos a un lado y a otro de lo que antaño se llamó el telón de acero del que diríase que hay cierta nostalgia. El cambio de los tiempos ha deslucido la figura de Borrell y lo ha convertido en el embajador de una isla desierta.