El odio es una palabra proscrita en este tiempo de mojigatería retórica pero no hay otra manera de decirlo: don Sánchez y don Iglesias se odian. Se odian tanto que el mundo real desaparece tras el ciego impulso de destruir al otro que los embarga a los dos cuando están frente a frente. Por supuesto, el odio es un sentimiento que no puede explicarse.
La batalla de relato
Relato es una de esas palabras que segrega la jerga política y que corretea por el lenguaje en busca de sentido. La próxima campaña electoral va a ser, dice, una batalla por el relato. En las próximas semanas, los think tanks de los partidos, educados en una religión en la que se comulga con ruedas de molino, están convocados para elaborar un relato en el que sus jefes aparezcan convertidos en seres mitológicos sin perder la apariencia humana.
Los culpables
Un lector de las ocurrencias de este rincón me pide que me moje en discernir qué partido político ha tenido más culpa en el fracaso de la formación de gobierno y en las la consecuente repetición de las elecciones. La culpa es una noción moral que no opera en política; y la responsabilidad, tampoco. En último extremo, la culpa es de la ciudadanía que ha elegido a estos personajes sobre los que no tiene ningún control.
Cinco idiotas
La renovación de la clase política ha tenido un efecto perverso e inesperado y ha elevado a lo alto de la cucaña a cinco tipos criados en el bienestar y los videojuegos, narcisistas, eufóricos y absortos. Ninguno de los cinco jefes de filas del arco parlamentario han administrado nunca un presupuesto público ni han gobernado a ningún colectivo cívico, ya sea una comunidad de vecinos o un club deportivo de barrio
Rehenes
Lo que interesa ahora es comprender por qué el llamado populismo brota, no de iniciativas extraparlamentarias, sino del corazón mismo del parlamentarismo. Para superar la desafección de la ciudadanía hacia la política, necesita ser estimulado con continuas convocatorias a las urnas: elecciones, referendos, consultas internas, de las que la clase política quisiera extraer la voluntad popular quintaesenciada, libre de impurezas y contradicciones, prístina como un manantial de montaña, para ser guiada por un caudillo.