Pero ahora mismo es imposible ocultarlo. La crisis de la monarquía está de actualidad, como las mascarillas, la caída del turismo o los pijos holandeses que no quieren mutualizar la deuda española. Y siempre que una novedad agita la plaza pública, el habla segrega palabras nuevas, para atrapar y enjaular la cuestión en términos digeribles para el común.
La banalidad del mal
Llegará un momento, y pronto, en el que no distinguiremos los despuntes de los aplanamientos. El mundo gira y no siempre se distingue el alba del ocaso, fenómenos que por último ocurren todos los días. La pandemia entrará en ese marco, que tan bien conocemos, en el que el discurso público y la experiencia privada discurren en órbitas distintas y ajenas.
La guerra en casa
En estos momentos, la principal incógnita que nos tiene en suspenso es en qué punto del planeta estallará la tercera guerra mundial. Desde una perspectiva convencional, diríamos que Oriente Medio presenta una buena candidatura pero en el mundo hispánico tenemos otro candidato prometedor: Venezuela. Aquí ya estamos calentando en el banquillo. Maduro o Guaidó, el principal problema de España.
El partido de los viejos
La orquesta mediática está dedicada hoy, inevitablemente, a afinar la melodía que arrojaron ayer las urnas. Bagatelas. El escribidor, que cumplió setenta el día víspera de las elecciones y dedicó la jornada a reflexiones más melancólicas que las que prometían los comicios, tiene una hipótesis que quizá valiera la pena que se contrastase, a saber: las elecciones las han ganado los partidos de los viejos.
Nostalgia
La otra forma de nostalgia se remonta a un pasado más reciente, mira al paraíso perdido en la crisis de hace una década, y es aseada, parsimoniosa y autosatisfecha hasta la náusea. Los adictos a esta nostalgia celebraron una misa patrocinada por consorcios e instituciones del dinero y concelebrada por don González y don Rajoy. Fue, ya se entiende, una especie de combate de sumo japonés trucado y con traje y corbata.