El último eclipse del II milenio d.C. tuvo lugar el once de agosto de 1999 y sorprendió a este viejo, que entonces no lo era tanto aunque apuntaba maneras, en el campo de concentración nazi de Buchenwald. Fue una casualidad pero no sé cómo decirlo sin que parezca rimbombante. En aquella época no nos inyectábamos la información en vena y se podía disfrutar del asueto veraniego sin tener noticia de la conjunción astral que planeaba sobre nuestras cabezas. Hoy, esa actitud adánica es inimaginable y como poco muy extravagante, pero así era la cosa entonces.

Estábamos de vacaciones en Alemania y visitábamos Weimar, la ciudad de Goethe y la que da nombre a la aciaga república democrática que aplastó Hitler. Un lugar idílico sobre un pasado cenagoso. No hay documento de cultura que no sea al tiempo documento de barbarie, escribió Walter Benjamin en 1940. La colina de Ettersberg, sobre la que está erigido Buchenwald se encuentra a diez kilómetros de la ciudad y era un paseo habitual de Goethe con su amigo Schiller. En el corto viaje en automóvil, la luz del paisaje se volvió extraña, más amarilla y neblinosa, pero no supimos lo que estaba pasando hasta que atravesamos la puerta del campo con su ominoso mensaje a los que ingresan en él, Jedem das Seine (A cada uno lo suyo), y encontramos la Appellplatz, el gran patio donde se reunía a los presos antes y después de la jornada de trabajo, ocupada por decenas de turistas más avisados que nosotros que miraban al cielo provistos de las famosas gafas. Uno de ellos tuvo la amabilidad de prestarme las suyas pero no recuerdo qué vi ni que me produjera ninguna impresión; no ocurrió lo mismo con el recuerdo de la siniestra parafernalia que puede verse en aquel lugar.

Los turistas de Buchenwald absortos tras sus antiparras de papel demostraban que no hay episodio de la historia humana, por grandioso, exultante o aflictivo que sea, comparable a un eclipse solar -bien lo sabían las castas sacerdotales de la antigüedad- y ya no digamos si lo que se contempla es el acercamiento de un meteorito que caerá sobre nuestras cabezas. Podemos imaginar que levantar la mirada al cielo fue el último gesto de los dinosaurios antes de extinguirse  hace sesenta y seis millones de años. Los falangistas de nuestro país, más o menos contemporáneos de los dinosaurios, se querían cara al sol y trajeron una noche de cuarenta años, y aún quieren intentarlo de nuevo.

Vuelve el eclipse, pero esta vez nos pilla preparados, tanto que podemos decir que ya lo hemos visto antes de que haya ocurrido porque estamos informados al detalle de los pormenores de esta rutina astronómica. Si el sol tuviera ego, emitiría emoticonos en vez de radiaciones. En el tiempo de la realidad virtual, un eclipse como los que vienen acaeciendo desde el Big Bang es un alarde inútil e innecesario. Si los antiguos egipcios, sumerios y caldeos se arracimaban a la vera de los campos de cereal, expectantes y temblorosos, para asistir al fenómeno, nosotros formamos una sociedad de cuñados en la que quién más, quién menos sabe cuál es el mejor sitio para asistir al fenómeno, las mejores gafas para protegerse de su influjo y el momento –unos segundos- en que se produce el milagro, que quizá nunca más tengamos ocasión de ver. Ah. Somos sumerios con móvil, y padecemos un mal que los sumerios del neolítico no conocieron. Es el fomo, fear of missing out, miedo a perderse algo, a no estar en el lugar adecuado en el momento justo. Es una dolencia del alma típica de la sociedad del entretenimiento gratuito y surge de la convicción de que los hechos en los que participamos como agentes o como espectadores no tienen consecuencias. Pero, ojo con los eclipses y sus efectos. Cuando este contador de cuentos volvió a casa después del eclipse de 1999, le habían despedido de su empleo por cambio en la propiedad de la empresa.