Dos aviones de combate con la rojigualda estampada en las alas despegan de algún punto de Europa central para neutralizar una posible amenaza detectada en el cielo de Rumanía. La alarma señala a un dron del que no se indica ni la procedencia ni la letalidad, dejando que las dé por supuestas el remoto espectador estival. Rusia, ya se sabe. Entretanto se ha activado la red de señales, los aviones evolucionan en el aire en busca de la presa y derriban el dron. Matar moscas a cañonazos, piensa el desocupado veraneante con la barriga al sol y los pies sumergidos en una palangana de agua fría sin imaginarse el enjambre de destellos, claves, consignas, órdenes, protocolos y demás que ha sido necesario poner en marcha para que la guerra de broma no se convierta en guerra de verdad.

Drôle de guerre designa el periodo de calma que reinó en Europa occidental entre la declaración formal de guerra de Inglaterra y Francia a Alemania en septiembre de 1939 y la invasión alemana de Francia en mayo de 1940. La broma terminó malamente, como se sabe, entre setenta y cinco y ochenta millones de muertos en todo el planeta, pero mientras estemos en el periodo humorístico, no cesan de llegarnos noticias bizarras sobre la situación. Por ejemplo, Estados Unidos se ha quedado sin misiles después de la guerra de broma que ha mantenido, y aún mantiene,  contra Irán. O lo que es peor, la marinería del portaviones nuclear Abraham Lincoln se ha amotinado, como en la Bounty, porque se han quedado sin pasta de dientes  ni papel higiénico ni agua caliente en las duchas después de nueve meses de servicio en el estrecho de Ormuz. Una nave de guerra con una tripulación de cinco mil guerreros carece de fontanero y de recursos para contratar suministros por Glovo. Es como una obra de teatro mal ensayada en la que el dueño del local se niega a fijar la fecha del estreno a pesar de que la platea ya está ocupada por el público, que ve estallar los cuadros de luces y caer sobre sus cabezas los paneles del decorado. En Ucrania, Rusia, Irán, Gaza y Cisjordania, el público muere, y podríamos contabilizar como parte de la broma los ahogados en Ceuta.

La sociedad acepta el desastre con naturalidad. Los vivos nunca creemos que la cosa vaya con nosotros. Las aterradoras situaciones de las trincheras conviven con un clima patriotero y autocomplaciente en la retaguardia, como se cuenta en Sin novedad en el frente. La obra de Erich Maria Remarque es el más famoso alegato antibelicista del siglo XX pero también es un clásico porque la situación que describe es inmutable al paso del tiempo. La guerra siempre parece un episodio inopinado cuando es una constante cuya genealogía la determina el progreso del armamento.

Cada guerra se celebra apoyada en el desarrollo de las armas ensayadas en fase experimental en la guerra anterior. La primera guerra mundial fue la última guerra estática, de ejércitos masivos estacionados en un espacio delimitado. Las armas fueron, la ametralladora, los obuses de trayectoria parabólica para sortear las defensas de primera línea y llegar a las reservas de retaguardia, y el gas para abatir a la infantería en sus madrigueras. En los últimos meses de contienda aparecieron los tanques y los aviones, que serían las armas características de la siguiente guerra: territorios conquistados a gran velocidad y ciudades destruidas por los bombardeos aéreos. Esta guerra acabó con la sorprendente aparición del arma total, definitiva, superlativa, la bomba atómica, la cual produjo el espejismo de una paz eterna en el territorio bélico por excelencia, Europa: los tanques quedaban obsoletos, como han experimentado los rusos en Ucrania, y la destrucción de ciudades era disfuncional y antieconómica. La ausencia de grandes guerras fue reemplazada por guerras periféricas, que permitían mantener en funcionamiento la industria armamentística y en las que no contaba el coste humano. Así pasó la guerra fría y, cuando hubo que recalentar de nuevo el patio, el mito militar de nuevo cuño es la precisión: un misil bien dirigido al centro de mando del país que se quiere derrotar y este se desmorona de inmediato. Error, como se ha demostrado en Irán y en Ucrania, donde la guerra inconfesable se quiso camuflar como operación militar especial, y en efecto lo ha sido, y de qué manera.

La fracasada  guerra masiva se sustituye por alfilerazos al adversario y una propaganda viral y vírica, y a ver qué sale de todo ello. La nueva arma es el dron, que sustituye con ventaja al avión de bombardeo y al misil teledirigido: pequeño, barato, insidioso y prolífico, y, a una mala, capaz de transportar una bomba atómica, ya veremos dónde toca.  La guerra de broma se llama ahora guerra híbrida y en ella están revoloteando los cazas españoles. Nos acostumbraremos.