Tres motivos de perplejidad, al menos, ofrece la alianza de doña Meloni y doña Frederiksen para la resolución del problema migratorio, término que ha sustituido al problema judío de un siglo atrás como ganzúa para que el totalitarismo reviente la puerta de acceso al sistema democrático que aún nos gobierna. Tres rasgos que destruyen el untuoso relato que nos contamos los europeos a nosotros mismos como una jaculatoria contra la inopia política, la debilidad cívica y el envejecimiento biológico de nuestras sociedades.
La primera sorpresa la depara el hecho de que las dos proponentes son mujeres, lo que desmonta el tópico de que las mujeres son más compasivas que los hombres con respecto a sus semejantes humanos. El instinto de poder es del género neutro, y las medidas para alcanzarlo y conservarlo no atienden a distingos de pensamiento woke. La historia ha deparado algunos ejemplos de mujeres superlativas en el ejercicio del poder, casi mitológicas: Isabel de España, Isabel de Inglaterra, Catalina de Rusia, Cristina de Suecia, a las que resulta imposible imaginar en el papel de madre y esposa, aunque lo fueran, pero ahora hablamos de un tipo de mujer que surge de la clase media de la sociedad democrática y tiene dos precedentes notorios: Thatcher y Merkel. La primera, despiadada; la segunda, compasiva. Thatcher es fundadora del inhóspito mundo que ahora vivimos; Merkel quiso corregir la deriva de Europa y demostrar la fortaleza moral de su sociedad y es unánimemente denostada por ello.
El segundo rasgo que ha convertido a Meloni y Frederiksen en una extraña pareja es que una es neofascista y la otra socialdemócrata, dos familias políticas históricamente enfrentadas. Su acuerdo no significaría más que la dilución de la arquitectura política imperante en el siglo XX, inservible a los desafíos del XXI. Hay un neologismo para definir esta deriva: rojipardo, en el que ha desaparecido la connotación liberal. El rojipardismo quiere construir un demos comunitarista, nacido del seno de la tribu, que ve a los vecinos como enemigos. Las tribus se unen o combaten entre ellas según las circunstancias del entorno. Ahora toca unirse frente a la inmigración, el enemigo común; mañana, ya veremos. Aquí tendríamos una explicación del acuerdo de las dos mujeres en sus propios términos: dos matriarcas decididas a salvar a sus proles de los parásitos y criminales [sic, en el texto del acuerdo] que cruzan las fronteras. También hay un precedente de esta actitud. La primera ministra israelí Golda Meir era una madre que había asistido al extermino de su gente en los campos de Europa y fue una decidida sionista, implacable con las razones palestinas, y sus vástagos han devenido genocidas.
Y por último, el tercer rasgo sorprendente es la distancia que separa a las dos socias, meridional una y septentrional la otra respecto al territorio que dicen querer preservar. Entre Copenhague y Roma hay 1.900 kilómetros, que no es mucho para un misil pero sí una distancia inabarcable para un migrante que vaya a pie, y aunque vaya en automóvil son veinte horas de controles policiales a través de cinco o seis países. Las dos socias deben tener por propia lógica preocupaciones geopolíticas muy distintas. Meloni puede esperar, quizá, una invasión pedestre como la que ha sufrido España en Ceuta, y a la que ha dado la respuesta que sabemos, pero Frederiksen puede perder el 98% del territorio de su país con solo que mueva una ceja el ogro de la cresta naranja que habita en Washington, sin más participación de gente de piel oscura que la que forme parte de la tropa del ogro.
Una explicación a este acuerdo de sororidad entre dos lideresas podría ser la necesidad personal y política de hacerse valer en una circunstancia de xenofobia y machismo rampantes. Los argumentos que exhiben en el documento del acuerdo son falsos: no hay inmigración descontrolada, ni aumento de la delincuencia, ni presión sobre los servicios públicos, que cualquier estado europeo no pueda encajar sin mayor esfuerzo. En España, por ejemplo, los menores extranjeros no acompañados (los famosos menas de vox) tutelados en centros del estado son catorce mil para una población de casi cincuenta millones, y el último año se han trasladado a la Península desde Canarias, Ceuta y Melilla 1.750, el 0,003% de la población española. Meloni y Frederiksen se hacen eco del discurso propalado por machotes a los que les gustaría manejar una garrota, una motosierra o un lanzallamas, no solo contra los inmigrantes, pero eso ya se verá después.
En cuanto a los centros de confinamiento en terceros países, la gran iniciativa propuesta en el acuerdo, ya la ha experimentado doña Meloni, y es disfuncional, antieconómica, históricamente equivocada, moralmente aterradora y en último extremo suicida para Europa. El país tercero que se avenga a arrendar políticas de derechos humanos por cuenta de otro país, tiene al arrendatario sometido a un chantaje permanente porque convierte a los migrantes retenidos en un arma disponible a favor de sus intereses nacionales. Lo hemos visto estos días en Ceuta. En fin, quizá de lo que se trata es de que cavemos nuestra propia tumba.