Entretanto, cada ciudadano se pregunta cada día, a cada minuto, si los sacrificios que le exigen sirven a sus intereses privados. Es una pregunta extenuante, que genera un malestar insoportable, curiosamente sostenido y amplificado por los medios de comunicación pues cada dato nuevo que sale a la luz sobre la situación general no hace sino inyectar presión a un organismo al borde del estallido.
Mañana de asueto
El paseante se pregunta de dónde sacarán la ciudad y sus gentes la energía necesaria para salir de esta. Pero, al contrario que muchos de sus compatriotas, no echará sobre el gobierno la culpa de su melancólico estado de ánimo porque eso es de gente miserable, que cuelga en sus balcones la bandera nacional con crespón negro.
La vida que teníamos antes
Nueva normalidad, el término de moda, es un sintagma chirriante. La normalidad, por definición, no admite novedades porque toda novedad es, también por definición, una anomalía. La vida que teníamos antes no vuelve jamás ni en condiciones de la más absoluta normalidad.
La paradoja
La paradoja radica en que la omisión de las manifestaciones callejeras coincide con un momento histórico en el que la clase obrera es más visible que nunca, y su existencia es una necesidad insoslayable para la supervivencia de todos. El esfuerzo de los trabajadores situados en la base de la pirámide social ha impedido que esta se desplomara.
El barbijo
Cada vez que el confinado se calza los guantes de látex y se emboza en la mascarilla para ir a comprar el pan tiene la sensación de atraer hacia sí a todos los virus de la peste, como el granjero que sale de la casa hacia el corral y convoca a las gallinas, titas, titas, que salen de su somnolencia y corretean tras él en busca del pienso.