Nadie hubiera imaginado que lo que nos separa del limbo es una mascarilla. Los impactos sociales, económicos y sanitarios de la pandemia son más o menos previsibles y a descifrarlos hay dedicada una buena porción de sabios y sabihondos pero ¿qué hay del impacto en nuestra conciencia?
Cacofonías antes de la restauración
En castellano hay una frase hecha para describir esta situación, alborotar el gallinero, que tal vez inspiró a Cortázar y sirve ahora para explicar la cacofonía en que está sumida nuestra clase política, como las gallinas de la fábula, bajo el impacto del último movimiento del rey emérito y su reconocimiento de que es un (presunto) delincuente fiscal.
Mensaje navideño
Y recuerda, querido hijo, que los españoles no son monárquicos. La monarquía, como ya sabes porque estás muy preparado, se sostiene por la debilidad anémica de la república, que en este caso se traduce en la imposibilidad de los españoles para reconocerse en un demos y constituir un proyecto histórico en común. Este rasgo genético de la raza hace que no puedan vivir sin un poder paternalista, de relumbrón, impuesto sobre sus cabezas, aunque luego no paren de denostarlo.
La revolución permanente
No hay peor pesadilla para un viejo que obligarle a volver al tiempo de su juventud. Los felices ochenta. Años confusos, tramposos, horrendos en algún caso, en cuyas aguas braceamos para alcanzar la orilla, cualquier orilla con tal de que fuera tierra firme, y de los que no queda más nostalgia que el recuerdo de las primeras pelis de Almodóvar.
Reales ficciones vs. ficciones reales
La monarquía es una ficción interpretada por actores muy buenos y muy competentes en lo suyo, que se baten a brazo partido por mantener en cartel la función, como un divo de ópera o una estrella de cine harían para no ser desalojados del reparto. La monarquía es también un arte arcaico, medievalizante, cuyo desempeño es competencia familiar y cuyos roles se transmiten de padres a hijos, de una generación a otra, por vía sanguínea.