El vecino mira distraídamente la calle a través del cristal de la ventana  en el que tamborilea la lluvia. Todavía no nieva, se dice, a pesar del pronóstico meteorológico; estará nevando más arriba, en los montes  que no puede ver desde su observatorio porque se lo impide el campanario de San Miguel y sus monstruosos habitantes, ahora silentes. Estará nevando en Davos. La ocurrencia repentinamente sobrevenida transforma la visión de la realidad. Los peatones bajo los paraguas relucientes, la mendiga acurrucada a la puerta de la parroquia, los repartidores enfundados en sus chubasqueros, y él mismo, en albornoz tras la ventana, tan inapropiado, todos nosotros somos el tema de conversación y debate en el foro económico mundial, somos los bacilos de la enfermedad planetaria para cuyo diagnóstico se han reunido los grandes de la tierra en este sanatorio antituberculoso de los Alpes suizos. El roland garros del capitalismo, la champion league del dinero, que empezó ayer y durará cuatro días, envuelto en la esponjosa y plácida nieve de un paraíso fiscal, como una botella de champán en su cubitera. ¡Davos! Me están escrutando los ricos de la tierra ¡y yo en albornoz! Antes de sumergirme en la piscina de internet me aseo un poco, pantalones, una camisa, en fin, para comparecer on line ante el foro económico mundial. ¡Dios, qué emoción!

Las noticias no son buenas. La política, la maldita política, ha irrumpido en el ceremonial de capitalismo financiero y ha deslucido la inauguración del foro. Algunas delegaciones de ringorrango no asisten. Don Trump, por ejemplo, no estará en Davos por solidaridad con los funcionarios de su administración a los que ha tomado como rehenes del muro que la oposición le niega y a los que ha dejado sin empleo y sueldo. Tampoco asiste don Macron, al que el festejo ha sorprendido embutido en un chaleco amarillo, como si fuera un peón de obra, aún más ridículo que un albornoz. Los prebostes del capital, que gobiernan el encuentro de Davos, se han vengado de tanta defección y desaire y anuncian una desaceleración de la economía, debido, precisamente, a la política. La desaceleración, en términos de un usuario de autobús del transporte público, significa un frenazo que dará en el suelo con los que no estén sentados o bien agarrados a la barra. Cuando acabe el concilio suizo, quizá el repartidor que cruza la calle haya menguado su sueldo a la mitad o perdido el empleo, la mendiga tenga un competidor al lado y el vejete que se dirige bajo el paraguas a la oficina de pensiones se encontrará con un encogimiento de hombros del funcionario que le atiende. Menos mal que nuestro don Sánchez no pierde el tiempo y se entrevistará con los prebostes de las megamultinacionales tecnológicas, precisamente aquellas que hacen imposible cualquier política socialdemócrata y ahora mismo han provocado un incendio social en las calles de Madrid y Barcelona abriendo paso del futuro a los neofascistas que llaman a los davosianos cosmopaletos y desalojarán a don Sánchez de la poltrona. Davos es un bucle diabólico. Sus políticas ultraliberales despiertan los anticuerpos iliberales, como se dice finamente ahora, que devoran el edificio. Las defecciones de este año anuncian la decadencia de la montaña mágica, que ya describió Thomas Mann. Lean el último capítulo de su novela.