El candidato fallido a la presidencia de la radiotelevisión pública se apresuró a limpiar su cuenta de tuiter apenas saltó a la publicidad su nombre para el cargo. Nada menos que trece mil y pico mensajes fueron eliminados y su cuenta quedó como el expediente policial de un niño de primera comunión. Barrer catorce mil archivos, aunque sean de las dimensiones y la enjundia de tuits, es una tarea frenética, que solo puede dictar el pánico. Lo hemos visto en muchas pelis de la era analógica: los malos trituran documentos o los queman en la chimenea ante la inminente llegada de los buenos, y en este trance nadie se dedica a mirar el contenido de los papeles condenados. La destrucción de los documentos del pasado tiene un carácter purificador, bautismal. No deja de ser curioso que alguien que es elegido para un alto cargo, se supone que por su historial, tenga que desembarazarse de él, como el narcotraficante de la peli se libra de las papelinas que lleva consigo y exclama ante la policía, estoy limpio. Vivimos una época en que nos gobiernan presuntos delincuentes y cuantas mayores sean las dificultades que encuentre la pasma – ya sea la poli de verdad o el somatén que vigila la red- para hallar pruebas del delito, más estable y prometedora es la gobernabilidad. Velocidad es la consigna.

En los sondeos que se vienen haciendo ante las elecciones primarias del pepé va en cabeza el joven don Casado. Es otro ejemplo de velocidad. El levantamiento de la losa faraónica que ha significado la abdicación de don Rajoy ha revelado una motricidad desbocada en el organismo que yacía sepultado bajo su peso y sombra. Todos los candidatos en campaña se han puesto en marcha, y el primero y más rápido, don Casado. Este muchacho es un botarate de verba alocada, currículo académico ful e ideas menguadicas, pero es el que más kilómetros recorre, más besos reparte, más sonrisas dedica y para más selfies posa al minuto. Causa estupor, si no espanto, que este chico pueda llegar a presidente del gobierno, pero, después de todo, qué importa. El tour del correcaminos es una escapada en la que no se trata tanto de llegar a una meta cuanto de alejarse del punto de partida. Es un alejamiento tortuoso, zigzagueante, laberíntico, ya sea de tus propias cagaditas en tuiter o de pasadas veleidades de falso universitario que ahora empiezan a ser objeto de curiosidad para la parsimoniosa justicia. Es increíble lo mucho que han vivido estos jóvenes; tanto, que necesitan otra vida que nos haga olvidar la anterior.