En la que quizá sea la película más descacharrante de la historia, Dafne (Jack Lemmon) cuenta a su amiga Josephine (Tony Curtis) que va a casarse con un millonario mientras agita unas maracas entre confidencia y confidencia.  Jerry y Joe, por sus verdaderos nombres, son dos músicos que se han enrolado en una orquesta femenina de variedades para huir de la mafia que les busca para matarlos, y su carácter y los hábitos del ambiente les llevan a la situación que ahora están comentando punteada por la percusión sorda de las sonajas. La habilidad del cómico hace que este elemento de la escena pase desapercibido al espectador como un zumbido de fondo, pero fue una indicación expresa del director –el grandísimo Billy Wilder- para dar tiempo al público a que diera rienda suelta a las carcajadas que provoca cada frase antes de que se oiga la siguiente; de este modo, se alarga la situación y su comicidad es realimentada por la reacción de los espectadores. La comedia, dice la frase hecha, es tragedia más tiempo. ¿Y qué más trágico que un infeliz disfrazado que ha de casarse con un tipo al que no conoce para salvar la vida?

Este cinéfilo maleado ha visto las maracas de Jack Lemmon en la prórroga de la comparecencia de don Zapatero resuelta por el juez del 2 al 17 de junio. Quince días de pausa procesal para que el buen pueblo descanse de la excitación que le invade y asimile lo visto y oído antes de que la historia continúe. Pero esta peli está dirigida a varias manos y el vacío temporal dejado por la pausa del juez Calama lo ha llenado de inmediato el juez Pedraz con una intervención en la sede del pesoe para probar la existencia de una trama destinada a torpedear los  procesos judiciales contra el entorno de don Sánchez. La película no se detiene. La uco sustituye a la udef en el papel de motor de la historia, aparecen nuevos personajes en busca de protagonismo –doña Leyre Díez, doña Carmen Pano- y, lo que es más importante, don Sánchez sigue ahí, en el cogollo del intríngulis. Pero esto no es una peli, ni una comedia, y ni siquiera se espera que resplandezca la verdad.

La pausa procesal decretada en la instrucción del caso Zapatero ha sido requerida por la defensa para tener más tiempo de estudiar el sumario. El juez ha aceptado la petición porque está al frente de un procedimiento garantista, aunque ni esta providencia ni cualquiera otra que pudiera tomarse durante los sucesivos trámites importa porque don Zapatero ya está ensartado en el espeto de la instrucción y su fama y honor, para mencionar solo el envoltorio externo del personaje, ya son carne churruscada ante la opinión pública y lo serán más cuanto más se alargue el proceso. La presunción de inocencia se implora clamorosamente porque todos creen, creemos, que el reo es culpable, y ese todos incluye al juez de instrucción. Ningún juez llevaría a un ex presidente del gobierno a su juzgado acusándole de ser jefe de una organización criminal si no creyera tener pruebas irrefutables que sostienen la acusación. Quizá no las ha mostrado todavía pero, paciencia, un juez es un contador de historias y no quiere adelantar el final.

La instrucción es un diálogo entre el juez y el acusado para fijar la verdad que el juez ya conoce. La instrucción perfecta se da cuando el juez consigue que el acusado lo reconozca. Para llegar a este fin, tiene todo el tiempo del mundo y un inagotable repertorio de recursos garantistas. El garantismo judicial, como todos los constructos humanos, tiene una historia. Por ejemplo, resulta chocante saber que la tortura practicada por los tribunales de la Inquisición para descubrir delitos de herejía o brujería fue un avance procesal y era más garantista que los llamados juicios de dios u ordalías porque se creía que el dolor infligido al reo en la tortura le lleva naturalmente a confesar la verdad, que el inquisidor ya conoce porque de lo contrario no hubiera ordenado que le torturaran. El garantismo tiene, sin embargo, algunos resultados paradójicos. En la instrucción del famoso juicio de brujas de Logroño  (1610), uno de los inquisidores, Alonso de Salazar, no creía en la existencia de las brujas y sus supuestos poderes  y ordenó que siguieran torturando a una sospechosa hasta que confesara que no lo era, después de que hubiera confesado que lo era para ganar la misericordia del tribunal. Racionalista o fanático, el juez instructor es un severo riesgo para el imputado, sea este culpable o inocente, y sea lo que sea, don Zapatero no va a librarse de ser paseado por la plaza pública con sambenito y coroza.