Queronea, Hastings, Wagram… digamos. Palabras que flotan en la oscuridad del recuerdo de los viejos bachilleres en busca de significado. Nombres de famosas batallas que cambiaron la deriva de la historia en algún sentido indescifrable. Si gugleas estas palabras, el mapa te llevará a un paisaje inerte, silencioso, en el mejor de los casos indicado por un monolito erigido por la municipalidad sobre una pradera impecable entre árboles centenarios.  La historia es una fantasmagoría incluso para quienes la viven y a menudo la padecen. Es el gran hallazgo de Stendhal en La cartuja de Parma, cuando el héroe Fabrizio del Dongo, alistado en el ejército de Napoleón, atraviesa el fragor de la batalla del Waterloo sin entender la situación que le rodea y que bien hubiera podido acabar con su vida como acabó con el imperio napoleónico. Fabrizio y Napoleón son contemporáneos pero viven vidas muy alejadas entre sí. El primero es la representación literaria del hombre común; el segundo es una leyenda.

Dentro de poco, Groenlandia y Ceuta ingresarán en esta categoría de no-lugares que cambian la historia sin que los que asistimos a lo que ocurre ante nuestros ojos, y mucho menos nuestros descendientes, sepamos qué está ocurriendo.  Los escolares del futuro, si aún queda alguno que no haya sido devorado por la IA, intentarán memorizar esos nombres huérfanos de sentido para pasar el examen del bachiller.

Groenlandia es una placa helada de dos millones y pico de kilómetros cuadrados y veinte mil habitantes, que hasta ayer era un dominio del reino de Dinamarca y hoy es un protectorado militar y económico de la república imperial de Washington. La transferencia de titularidad se ha hecho mediante un procedimiento secreto para satisfacer los apetitos del ogro de la cresta naranja y puede perfectamente calificarse como un acto de vasallaje, si comprendemos que el estado actual del mundo occidental es un (tecno)feudalismo en el que el mando lo tiene el que empuña la cachiporra más grande.

Como Fabrizio del Dongo, hemos atravesado el fragor de una batalla de amenazas, desplantes, declaraciones y postureo entre Washington y Copenhague, con doña Von der Leyen y don Rutte haciendo de claque, mientras negociaban bajo la mesa un acuerdo que no podía ser otro que el que ha sido. Por lo demás, nada ha cambiado respecto a la situación anterior. Groenlandia es un territorio inmenso sobre el que la diminuta Dinamarca no puede ejercer su soberanía por meras razones de dimensión y falta de recursos. Era una especie de colonia que mantenía una extraña relación con la metrópoli; su pequeña población está formada por los descendientes del pueblo inuit (los esquimales de nuestra infancia), maltratados durante siglos por los ocupantes daneses hasta que cambió el signo de los tiempos y ahora son mantenidos con cuantiosas subvenciones procedentes de Copenhague, que seguramente seguirán con cargo a la hacienda danesa porque no se ve a míster Trump practicando beneficencia con un puñado de losers. Lo pintoresco del asunto es que los inuit tienen reconocido el derecho de autodeterminación. Para partirse de risa. Estados Unidos tiene una base militar y libertad de movimientos para sus tropas por todo el territorio, de modo que la novedad del acuerdo reside en que podrá explotar a su antojo e interés las riquezas de la isla, sean las que sean. Groenlandia es la Venezuela fría.

En Ceuta tampoco terminamos de saber qué ha ocurrido. Ceuta es, como Groenlandia, una entidad autónoma y territorio fronterizo, pero ahí terminan las semejanzas. La ciudad ocupa veinte kilómetros cuadrados y registra ochenta mil habitantes y su condición de plaza africana de soberanía española da para toda clase de ambiciones y especulaciones. Además, puede ser un coladero de inmigración indeseada, como se ha visto, y carece por sí misma de interés militar y económico. En veinticuatro horas entraron ilegalmente en la ciudad inmigrantes que cuadriplican la población estable de Groenlandia. En resumen, es una fuente de problemas reales más que de beneficios futuros. También en este caso, la zalagarda de Ceuta ha sido monitoreada por el poder imperial. Al principio, sus voceros lo utilizaron para debilitar la posición de España pero finalmente lo han pensado mejor y han decidido que Madrid se las arregle como pueda con la tortuosa participación de la unioneuropea, que tanto en Ceuta como en Groenlandia exhibe una penosa confusión de ideas.

La batalla de Queronea (338 a.C.) significó el declive definitivo de las ciudades de la Grecia clásica bajo el imperio macedónico que llevará a sus extremos Alejandro Magno; la batalla de Hastings (1066) fue el inicio de la conquista normanda de Inglaterra, y la batalla de Wagram (1809) dio la victoria a las tropas francesas sobre Austria en el contexto de la quinta coalición contra Napoleón. Las batallas siempre cambian el mundo, o una parte de él, a pesar del despiste de Fabrizio. La batalla silente de Groenlandia ha arrebatado a Europa un buen pedazo de territorio a favor de un imperio potencialmente hostil. En cuanto a la batalla de Ceuta, es una escaramuza y habrá más.