Kinder, Küche, Kirche. Niños, cocina, iglesia como destino de las mujeres es un proverbio alemán formulado en el último tercio del siglo XIX y que los nazis hicieron suyo como lema de la liga nacionalsocialista de mujeres. No obstante, la imagen tópica que tenemos de las mujeres nazis, moldeada por la mirada masculina y difundida en cine y novelas, presenta dos estereotipos alejados de este lema moralista: la glamurosa y riente demi-mondaine que acompaña con una copa de champán en la mano a los oficiales de la calavera en la gorra de uniforme y la tosca guardiana de campo de concentración que mira con arrogancia y odio a la cámara después de ser hecha prisionera. Sin embargo, bajo la férula de las 3K hubo millones de mujeres que tuvieron que someterse a la consigna, de grado o por la fuerza.
Ni el lema ni estas imágenes consabidas cuadran con las mujeres que pilotan hoy el globo neofascista que sobrevuela Europa. Marine Le Pen, Giorgia Meloni y Alice Weidel, por citar a las más notorias, dirigen un conglomerado de fuerzas que va a acabar con la democracia sin que sepamos qué vendrá después. Cierto que la xenofobia contra los migrantes, que constituye la marca común de los neofascismos europeos, cuadra en el lema nazi porque afecta a la evolución demográfica (Kinder), trae consigo una cultura distinta (Küche) y una religión extraña (Kirche). Pero la inmigración, como la llamada cuestión judía hace un siglo, es menos un problema real, como se ha visto en el land de Sajonia-Anhalt, que un pretexto para la toma del poder y va a ser cosa de ver cómo estas lideresas devuelven a niños y adolescentes indeseados al mar, cómo sacan de las orejas a un inquilino desahuciado que no puede pagar el alquiler, cómo recortan los derechos reproductivos de las mujeres para elevar la tasa de natalidad y restringen su acceso al empleo para resolver el paro masculino y cómo persiguen la variedad de género; en resumen, cómo lidian con el robusto machismo de sus bases.
Los neofascistas tienen además otra ventaja simbólica: sus banderas negras y sus runas, fasces y esvásticas son más reconociblemente europeas y más emotivas en cualquier sentido que la enseña azul estrellada o la bandera del arcoíris. Las primeras nos devuelven a los buenos tiempos de la barbarie en los que la paz y el orden estaban a cargo de Franco, Pétain, Mussolini, etcétera; las segundas son una mariconada, como diría un militante de desokupa.
En la bancada voxiana no hay todavía mujeres al mando. El califa don Abascal conserva su autoridad, quizá debido a la inevitable herencia mora que padecemos sin quererlo. Algunas diputadas de vitola –doña Macarena Olona, doña Rocío Monasterio y doña Magdelena Nevado- dejaron el partido por discrepancias con el califa y su corte, es decir, porque se les impedía comandar en asuntos de alto rango. Pero ya asoma la cabeza alguna nueva candidata de mirada fiera y discurso de ave de presa, doña Pepa Millán, actual portavoz de vox en el congreso, que podría competir con su némesis doña Irene Montero sin riesgo de perder la partida.
Y esta es la paradoja: el ascenso del fascismo en el periodo de hegemonía del feminismo más largo y extenso de la historia. Una pregunta sin ánimo de soliviantar al auditorio: ¿El promedio de la mujer europea entiende y acepta mejor, aunque no le guste, el rol entre los pucheros y al cuidado del hogar que su libertad personal? ¿Qué no hemos entendido? De la respuesta a estas preguntas depende que unas y otros volvamos o no a la jaula de las 3K.