Nosotros somos lo que fuimos y seremos mañana lo que somos. (Gianfranco Fini, 1988, secretario del Movimiento Social Italiano, partido neofascista, heredero del régimen de Benito Mussolini, en el que Giorgia Meloni ingresó a los 15 años)

El fascismo es la guerra. No se puede modificar el estatus de las sociedades mediante acciones contundentes y unilaterales, que afecten a derechos humanos, sin esperar alguna forma de respuesta. No se puede hablar de entrar con un  lanzallamas en la televisión pública o de cazar a menores inmigrantes en Ceuta sin que en el cerebro de quienes oyen la diatriba se forme una imagen literal de lo que las palabras significan: las llamas achicharran lo que alcanzan y se caza a seres vivos que no pertenecen a nuestra especie. Es verdad que la violencia es a menudo inimaginable y estas arengas suelen tomarse a beneficio de inventario, pero no puede evitarse, en el mejor de los casos, que activen alguna alerta cerebral y sean tomadas como la advertencia de una amenaza real.

Los neofascismos que impregnan Europa se distinguen de sus antecedentes de un siglo atrás en  que el continente no está bajo el impacto traumático de una guerra; al contrario, la Europa actual es el resultado de un largo de periodo de paz –el más largo de la historia- y de negociaciones para construir un espacio institucional común. Como resultado, el factor militar no está presente y el ánimo de la población es (todavía) poco proclive a la agitación porque tiene sus necesidades básicas y algunas que no lo son tanto resueltas. Estas circunstancias son, sin embargo, reversibles. Un rasgo emparenta a las sociedades actuales  con las de la época de Weimar: su vulnerabilidad a la demagogia difundida a través de potentes instrumentos de comunicación de masas: entonces fue la radio y ahora son las redes sociales, ambas con capacidad para crear estados de ánimo colectivos y promover movilizaciones masivas de la población.

Así que, por ahora, los neofascistas está ocupados en dos tareas concurrentes: mantener un clima de opinión dominado por el miedo y ocupar puestos institucionales a la espera de que se den las condiciones reales e irrebatibles para usar el lanzallamas y cazar a los que no estén en nómina. El episodio de Ceuta es ilustrativo de este estado de cosas. Ha ocurrido otras veces antes (dos, al menos, si contamos la marcha verde) pero en esta ocasión se ha registrado no solo un uso eficiente de las redes sociales, capaces de provocar la movilización de los migrantes sobrevenidos, sino también la aceptación de un relato destinado a culpar al gobierno español de la situación. Lo primero, la movilización de los jóvenes marroquíes, es imputable a la situación de Marruecos y de su gobierno, pero el relato subsiguiente y las reacciones de los países europeos es imputable a la creciente hegemonía del discurso neofascista en las altas instituciones de occidente, ya sea por activa de los partidos de esa etiqueta o por pasiva de los partidos conservadores que comparten el núcleo del discurso neofascista.

Doña Giorgia Meloni es neofascista de crianza y, bien por convicción o por razones de política interior, donde tiene a un general más extremista que ella aspirante al puesto, ha encontrado la ocasión de llevar a cabo un acto disruptivo suspendiendo las garantías del tratado de Schengen para los viajeros procedentes de España, que es una manera unilateral (soberana, diría ella, porque emana de la volontà del duce) de designar a un socio de la unioneuropea como sospechoso e indeseable porque ¿cuánto tiempo pensaba doña Meloni mantener el cierre de la frontera y con qué pretexto? La invasión de Ceuta se ha resuelto, en sus efectos inmediatos, en cuarenta y ocho horas y Ceuta no es territorio Schengen, ninguna persona puede viajar sin pasaporte desde la ciudad hasta cualquier país europeo. La respuesta de España es congruente y proporcional al provocador gesto (el fascismo es una ideología gestual) del gobierno italiano, si bien inaceptable para doña Meloni porque otro rasgo del fascismo es presuponer que su diktat es irrebatible e inapelable.

A la unioneuropea le queda un trabajo ingente para embridar a los y las melonis de extrema derecha que quieren acabar con ella y que a este fin cuentan con la segura ayuda del ogro de la cresta naranja. Ya veremos si lo consigue antes de que entre todos acaben con ella.