Al amigo Ramón Arozarena, que me ayudó a entender lo que aquí se cuenta del África ignota.

¿Cuál es la legitimidad de un sistema cuando se debe esperar a que la clase más privilegiada decida que el bienestar de los niños congoleños está por encima de la presunta necesidad de disponer de teléfonos inteligentes cada vez más potentes? (Algún día todo el mundo habrá querido estar siempre en contra. Omar El Akkad. Libros de Kultrum, 2025)

El emperador de Occidente aspira al premio nóbel de la paz y en su carrera hacia el podio tiene un idea de negocio que puede resumirse en el lema, la guerra es mala y yo cobro por ponerle fin. Este modus operandi exige un tipo de conflicto que reúna tres características, a saber: uno, que sea un conflicto estancado, de larga data y apariencia irresoluble; dos, que haya un vencedor militar, real o potencial, y un perdedor desamparado sin expectativas de revertir la situación, y tres, que el teatro de operaciones sea rico en recursos naturales y susceptible de atraer inversiones de las que el mediador o pacificador se cobrará la mordida correspondiente.

El winner de la cresta naranja ha ensayado la fórmula con escaso éxito, por ahora, en Gaza y en Ucrania. En los dos escenarios se dan las tres características que harían posible el negocio: hay un vencedor (Israel y Rusia), un perdedor (Palestina y Ucrania) y un negocio latente: de turismo en Gaza y de extracción de minerales raros en Ucrania. Curiosamente, son los potenciales vencedores militares en estos conflictos los que se muestran renuentes a la fórmula porque quieren que la victoria sea inequívoca, nada de componendas. En estos casos, el aspirante al premio nóbel de la paz echa una mano a sus amigos reticentes para facilitarles la aceptación de su propuesta. En el caso de Gaza, bombardeó a Irán y, zas, de inmediato Netanyahu propone una tregua de sesenta días que no le obliga a nada y le ha permitido recordar las amenazas contra los gazatíes. En Ucrania, ha cortado el grifo de la ayuda militar a Zelenski y le ha privado de sus más ardorosos aliados desbaratando la furia europea con el famoso aumento del 5% de gasto militar, peaje que cobrará su industria armamentística.

Entretanto, esta estrategia de negocio ha tenido inesperado éxito en un lugar ignoto, al que hemos de buscar en el mapa y al que el novelista Joseph Conrad llamó el corazón de las tinieblas. Un lugar pródigo en riquezas minerales de nuevo uso, asolado desde hace treinta años por una guerra que ha producido cientos de miles de víctimas y de desplazados y donde funciona un régimen semiesclavista de economía extractiva intervenido por fuerzas militares irregulares y grupos de interés locales e internacionales. El pasado de 27 de junio, la República Democrática del Congo y Ruanda, los dos países concernidos por el conflicto, firmaron un acuerdo de paz bajo el auspicio del patrón de la Casablanca. El acuerdo es una especie de congelación de los enfrentamientos, que no tiene en cuenta ni sus efectos sobre la población ni las reparaciones a las víctimas, pero deja claro que las riquezas quedan en manos de los pacificadores. Ahora mismo, el mineral es extraído por mineros agrupados en pequeñas cooperativas de las cuales obtienen la licencia para trabajar y estas proveen a organizaciones más complejas, que a través de dos vías principales dirigen el material a los países árabes, si se trata de diamantes y otros minerales suntuarios, y a China, si se trata de minerales aplicables a la fabricación de aparatos de alta tecnología. Míster Trump ha querido ordenar este flujo de riqueza mineral en bruto hacia sus propias arcas.

En este escenario, también se da un fuerte desequilibrio militar entre las partes enfrentadas. Ruanda, el agresor, es un pequeño país densamente poblado y gobernado por un estado militarista, de raíz étnica, que aspira a su extensión sobre el territorio del vecino Congo, casi noventa veces más extenso y cuyo estado apenas llega a las regiones orientales de Ituri, Kivu Norte y Sur, donde se sitúa el conflicto y donde se ubican los campamentos de unos siete millones de desplazados de Ruanda. La similitud entre Ruanda e Israel (comparación que no desagrada a los ruandeses) radica en que ambos países nacieron en su forma actual de un genocidio de su gente (tutsis), lo que conformó un fuerte militarismo de origen defensivo en último extremo mutado en expansivo y supremacista sobre los territorios vecinos del Congo donde se asentaron los hutus expulsados.

El grupo militar más numeroso de los que opera en la región es el M23, formado por tutsis congoleños, patrocinados y financiados por Ruanda, que aspira a un territorio propio y mantiene una administración paralela a la del estado congoleño. Enfrente, el ejército congoleño ha delegado sus competencias militares en otro grupo irregular, Wazalendo, patriotas en suajili, y a ambos tendrán que embridar los dos estados que han firmado el acuerdo de paz del que solo se conoce la foto en la que el emperador de Occidente exhibe su firma con su rotulador de punta gruesa el pie del documento. Cuesta creer que esa firma tenga virtudes mágicas y que tantos años de sufrimiento e injusticia vayan a ser exorcizados por esos trazos de anciano malcriado y narcisista.