El pasado 23 de junio se cumplieron cincuenta años de la desaparición de Eduardo Moreno Bergareche (a) Pertur, en la localidad de San Juan de Luz o Donibane Lohizune (Pirineos Atlánticos, Francia). La prensa y algunos actos de recuerdo se han hecho eco de la efeméride. No es la única desaparición atribuida a la banda terrorista eta pero sí la más recordada.  El 24 de marzo de 1973, tres jóvenes en viaje de recreo por el País Vasco-Francés -José Humberto Fouz, Jorge Juan García y Fernando Quirogadesaparecieron tras ser confundidos por policías, sin que se haya podido averiguar las circunstancias de su final, quiénes fueron sus victimarios y dónde están sus restos. La distancia de tres años entre los dos episodios demuestra que las prácticas mafiosas ya estaban instaladas en el territorio mucho antes de que la sociedad y el estado fueran plenamente conscientes de la dimensión aterradora de este fenómeno histórico. Tendrían que pasar cuarenta y cinco años de dolor, vergüenza e impotencia hasta que la banda anunciara el final de sus actividades criminales en 2018.

El recuerdo de Pertur –al contrario del olvido que ha caído sobre Fouz, García y Quiroga, y de centenares de otras víctimas considerados colaterales o necesarias, según los casos- se debe a una cierta mitificación vertida sobre su memoria y que puede resumirse en que Eduardo era de los nuestros y de alguna manera representaba una alternativa que de haberse adoptado hubiera significado un final casi angélico de la violencia que vino después.

Dos instituciones dedicadas a la recuperación de la memoria de las víctimas –Memorial y Gogora- han editado un podcast dedicado a Pertur. El documento está serializado en tres episodios dedicados, respectivamente, a la persona, a los conflictos que preludiaron su desaparición, y a su actitud política y las consecuencias posteriores. Puede decirse que el podcast es un testamento histórico de un expediente abierto del que es difícil pensar que vaya a cerrarse en algún momento.

Los testimonios recogidos en el primer episodio retratan a un joven de clase media, con inquietudes, como se decía entonces, carente de ideología identificable, empático con quienes le conocían y que ingresó en la banda terrorista con la naturalidad característica de la época, sin que hubiera un suceso o una experiencia previa que justificara este paso a la clandestinidad donde las armas ya estaban presentes y eran una herramienta disuasoria no solo para la lucha en el exterior sino para mantener prietas las filas en el interior. Más o menos flemáticos o sanguíneos, allí mandaban los que tenían pistola y no mostraban escrúpulos en utilizarla.

Pertur no daba el tipo, así que le asignaron a oficinas. Escribir a máquina y urdir comunicados y contenidos del boletín otorgaban vitola de intelectual, y en este empeño Pertur justificó algunos atentados cometidos por la banda mientras buscaba una articulación política a estas prácticas con el doble objetivo de poner la lucha armada al servicio de un proyecto y que este conectara con el pueblo. El intento chocaba con el militarismo rampante y, en este marco, la disidencia es traición.

Fue la famosa división de milis y poli-milis donde estos últimos eran mayoría al principio, pero se encontraron con el insoluble problema de convalidar los asesinatos y secuestros con una política normalizada cuando ya era evidente que el país se dirigía a un régimen democrático donde, por propia definición, no se podía asesinar a nadie sin convertirte en un forajido. Los milis entendieron mejor la situación. La violencia política ejerce una mezcla de exultación y miedo, que paraliza a la sociedad y la separa de las instituciones representativas, aunque sean electas y democráticas, lo cual explica que la lucha contra eta fuera durante décadas un juego agónico entre partidos políticos en una sociedad que parecía narcotizada. La alternativa que buscaba Pertur, y que se recuerda en el tercer episodio del podcast, sirvió más tarde para que un puñado de ex terroristas se insertara en la legalidad y su pasado cayera en el olvido. Entretanto, la violencia siguió hasta su final por saturación; las víctimas eran tantas, tan variadas y dispersas, que la sociedad expresó su hartazgo y en el grumo sociopolítico que apoyaba al terrorismo se impuso la convicción de que así no se iba a ninguna parte. Una vez más, dieron en el clavo.

Quizá nunca se aclare non dago Pertur pero su recuerdo propone algunas preguntas merecedoras de respuesta: ¿qué hace que un veinteañero sin ninguna experiencia traumática previa ni ninguna deliberación intelectual ingrese en una organización criminal sin estrategia ni objeto definido?, ¿qué estado de opinión hace que una sociedad crea de manera más o menos generalizada que hay algún futuro digno de ese nombre en la actividad de una banda terrorista?, ¿qué clase de confusión hace que ciudadanos respetables y acreditados acepten que un asesinato callejero es una ejecución legal? La generación de este escribidor ha vivido en la niebla de estas preguntas durante casi toda su vida adulta. La cuestión es si nuestros hijos sabrán responderlas.