Los andaluces han votado sosiego y una sombra sobre sus cabezas. La pugna política chocó días atrás con la ira de la naturaleza: temperaturas del infierno y bosques y montañas ardiendo sin control alrededor de la aldea. En estas circunstancias los humanos nos acurrucamos en la caverna desde los tiempos de nuestra abuela Lucy. De esta pulsión básica extrajo Platón el origen del conocimiento humano. Andalucía ha cambiado de color político con la misma naturalidad con que una comunidad de primates cambia de hábitos de subsistencia ante las mutaciones del ecosistema. En 1982 se anunciaba la primavera y el pueblo votó progresista; cuarenta años después, se avecina un caos político/climático y han votado conservador. Virgencita (en Andalucía hay muchas), que me quede como estoy.

Vivimos tiempos interesantes, en los que la celeridad e imprevisibilidad de los acontecimientos, lejos de estimular a la acción, inclinan a la quietud. No es tiempo de planes e iniciativas sino de asegurarse de que hay yogures en el frigo y papel higiénico en el váter. Don Moreno Bonilla jamás se sienta en la taza sin cerciorarse de que tiene papel a mano. Eso significa ser conservador mientras los progres andan discutiendo sobre si usamos demasiado papel y quizá deberíamos hacerlo con la mano para no dañar aún más al planeta, etcétera. Son disquisiciones a los que un conservador no se deja arrastrar nunca. Ya lo explicó meridianamente don Rajoy, un auténtico gurú de la secta silente de don Moreno Bonilla y don Feijóo, citando a un primo suyo: He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años? He aquí otra característica de los conservadores: manejan argumentos de casino de pueblo con la solemnidad de quien recita la biblia. Pues bien, es un discurso que funciona en tiempos de tribulación, como dijo el otro.

Entre los perdedores del envite, los socialistas no han conseguido convencer al electorado de que ellos no han provocado la pandemia de la covid, ni son responsables del recibo de la luz, ni de que los tomates y las alcachofas estén por las nubes mientras los agricultores no ganan con lo que producen, ni siquiera se les puede echar la culpa de que Putin haya invadido Ucrania, y que, ante estos desafíos sobrevenidos, han promulgado leyes y dispuesto medidas para paliar sus efectos en la población. A buenas horas se le ocurre a la portavoz socialista decirnos que don Moreno ha  ganado las elecciones por la pasta aportada por el gobierno central. ¿No podía haberlo dicho el candidato don Espadas cuando tocaba, en la campaña electoral?

Aunque no es seguro de que hubiera servido de algo. Las emociones y las sensaciones, más que los hechos reales y tangibles, nos rigen en este tiempo fatalista. La experiencia de la realidad no es ni inteligible ni comunicable, y cualquier intento de debate está condenado a convertirse en una olla de grillos, así que se pueden ganar unas elecciones sin decir ni pío; a esta mudez le llaman moderación. La antítesis son las monerías sobreactuadas de doña Olona y el insomne cacareo de la izquierda a la izquierda. Los voxianos no tendrán poltrona en el ejecutivo y los izquierdistas deben pensar que han obtenido menos escaños al parlamento que partidos formaban las abigarradas y mal avenidas coaliciones tribales.

Los resultados andaluces han irradiado un mensaje a todo el país. El retorno a la caverna es ya una opción viable, realizable y, quién sabe en qué medida, apetecible.