La sede de la delegación del gobierno central en esta remota villa subpirenaica es un edificio oficial de típica arquitectura del primer franquismo, imperial y hermética, de cuando se hacía guardia sobre los luceros (qué raro, siempre había creído que era bajo los luceros), proyecto del inevitable Víctor Eúsa, el arquitecto con la pistola al cinto. En resumen, planta trapezoidal, ostentosos sillares, cubierta inclinada de pizarra, hosca geometría herreriana y fachada escurialense. En nuestra remota juventud, era el castillo del conde Drácula porque, entre los trámites que se despachaban en sus dependencias, los detenidos por esto o aquello bien podían recibir una mano de hostias. Hasta que llegó 1982 y con él don Felipe González y el cambio.
Tras ganar las elecciones con una mayoría irrepetible, el pesoe se encontró con que no tenía afiliados bastantes para cubrir todos los cargos públicos disponibles. El delegado del gobierno para la remota provincia se buscó en el consistorio de la vecina Zaragoza. El entonces alcalde de la capital aragonesa, don Sainz de Baranda, propuso para el puesto a un concejal de su grupo cuyo olvidado nombre se puede encontrar en alguno de los primeros números del periódico Navarra Hoy porque este escribidor le hizo una encomiástica entrevista en ese papel.
El muchacho se vino a esta ciudad para echarle un vistazo a las circunstancias de su nuevo empleo y le recibió el delegado en funciones, don Ansuátegui, un vasco robusto y macizo como una piedra, del que no podías dudar que fuera el que iniciara el trámite de las hostias en caso necesario. Después de enseñarle las dependencias del castillo e informarle sobre las funciones que le esperaban, el veterano mostró al novato una pistola como parte de la equipación del cargo. El concejalín palideció y el veterano hizo un gesto de contrariedad que disuadió al aspirante de su idoneidad para este negocio, y le faltó tiempo para volver a Zaragoza y presentar su renuncia. Allá buscaron otro candidato y a este no le arredraba una pistola ni un misil nuclear que le hubieran presentado. Era un echao p’alante que respondía al muy célebre nombre de Luis Roldán q.e.p.d. No es fácil encontrar otro político que se haya tomado con más voracidad y desparpajo su carrera.
El cargo de delegado del gobierno en la remota provincia -donde don Roldán empezó a embolsarse sustanciales propinas de cinco ceros procedentes de los fondos reservados por aquello de la peligrosidad de la plaza- sería la plataforma de despegue de un vuelo meteórico hasta hacer compatible el desempeño de director general de la guardia civil con el saqueo inmisericorde de fondos públicos, botín que está en paradero desconocido. Una leyenda fechada en aquellos años subpirenaicos cuenta que cierta noche la policía municipal detuvo a un vehículo que circulaba a velocidad disparatada sembrando la calle de octavillas contra eta y, cuando identificaron a los ocupantes, comprobaron que eran don Roldán y otro preboste del partido que también terminaría en la cárcel por enriquecimiento ilícito, ambos henchidos de patriotismo y de farlopa, sin duda confiscada a algún camello.
La cultura político-económica de don Roldán tardó en desaparecer del edificio herreriano de la avenida del Rey Carlos III el Noble. Años después, se descubrió un monumental tocomocho por el que una funcionaria engatusaba a empresarios y particulares para que hicieran abultadas donaciones de dinero que iban a nutrir los fondos de la lucha antiterrorista porque, argüía la peticionaria, el ministerio se retrasaba en las remesas y cuando se recibieran estas, los donantes recuperarían su préstamo con un interesante interés. Cada vez que este escribidor piensa en aquel camelo le parece increíble, pero ocurrió. Fueron los felices ochenta en el país de Jauja, cuando perdimos la inocencia.
Como decia Juan Rulfo cuando le preguntaron si había leído El Capital de Marx: «No lo he leído, pero he visto la película», yo tampoco he «leído» a Roldán pero he visto su película en la que Eduard Fernández en su papel de Paesa lo borda.
La peli está muy bien. Todo en la vida de este tipo fue de película, pero en la realidad no tenía maldita la gracia. Gracias por tu comentario.