Al fin, los voxianos van a entrar en un gobierno montados sobre una jaca pinturera y ataviados de verde dehesa, como gustan aparecer sus prebostes en los vídeos propagandísticos, quizá con una escopeta terciada a la espalda por si las alimañas. En la tele, lo anuncia don Abascal con una frase eufórica sobre el fondo de un muro de ladrillo: en España hacen falta más gallardos y menos rufianes. Entenderemos el chiste de inmediato cuando don Gallardo, el candidato ultra, se presente a negociar con el pepé con la previa demanda de la vicepresidencia del gobierno para él. Los voxianos devolverán a Castilla la Vieja, como dice don Abascal, el dinero y la honra que hasta ahora les robaban los separatistas vascos y catalanes. Empieza la reconquista.
El pesoe ha perdido las elecciones, lo que era previsible, pero el pepé no las ha ganado. A don Casado no le ha servido de nada su disparatada inmersión en lo pecuario, que ha practicado afanosamente durante la campaña electoral. Sin contar que unidaspodemos ha llegado al mismo borde de la extinción en que ha caído ciudadanos. Las candidaturas provinciales han sacado la cabeza pero don Abascal ya les ha dicho que no hace falta que se molesten porque ellos serán los tribunos de sus demandas, así que mejor se quedan en casa.
¿Podría desaparecer el pepé en una mutación voxiana? Hay un precedente, y no muy lejano. El primer partido de la derecha democrática en la transición, la ucedé, se desintegró y sus militantes y votantes fueron absorbidos por el segundo, alianzapopular, de matriz franquista, que a su momento cambió de nombre por partidopopular, tal como existe ahora. Claro que hay una diferencia importante entre los dos momentos históricos. El partido de don Fraga Iribarne venia directamente de la dictadura pero quienes lo formaban tenían una reconocible experiencia de gobierno. Eran previsibles y, en último extremo, su objetivo no era reventar el sistema democrático naciente. A su turno, vox es un partido improvisado, sin programa, con una brumosa ideología reaccionaria expresada en un característico brutalismo verbal, con una dirigencia más que mediocre y sin más ejecutoria política que su actitud disruptiva en las instituciones. Ni siquiera se dispone de un mapa sociológico de sus adherentes y votantes. La única evidencia de la que podemos estar seguros es que se trata de una cosechadora del malestar social -quizá como en otro momento lo fue podemos– por los cambios de todo tipo que aquejan a este momento histórico.
La irrupción de vox señala una pista para el entendimiento de pepé y pesoe, antes de que más zarandeos terminen por desestabilizar el sistema. No se trata de un acuerdo o de una coincidencia de intereses sino del reconocimiento recíproco de lo que obligatoriamente tendrán que compartir para que el sistema funcione. Podrían empezar por el consejo del poder judicial.