En esta remota provincia subpirenaica la palabra dada goza de un prestigio sacro. Aquí somos gente seria. Aquí no somos fenicios, como los catalanes; ni salseros, como los andaluces; ni chulitos, como los madrileños; ni cobardes, como los valencianos (en la jerga callejera de mi remota infancia, valenciano y cobarde eran sinónimos, no me pregunten por qué). Aquí somos gente enraizada en la tierra y en los fueros de nuestros ancestros. Por eso nos ha extrañado tanto el comportamiento de nuestros dos diputados del partido del pueblo. No serán de aquí, fue lo primero que se le ocurrió decir a mi abuela desde ultratumba. Aquí, las marranadas las cometen siempre los de fuera. Estos días lo hemos visto, cuando nuestro alcalde del partido del pueblo ha identificado a los menores migrantes como responsables del auge de la delincuencia en la ciudad.

Don Sayas y don Adanero, que así se llaman nuestros Rosencrantz y Guildenstern de ocasión, representan al partido fundado por el venerable don Jesús Aizpún, un prócer silente y de rostro híspido, como un tótem antiguo, que dormitó muchos años en la hornacina de su escaño de diputado al congreso para defender el reyno de la pinza de dos hordas invasoras concurrentes: la que venía del norte por el Bidasoa, que ahora se la conoce como bildu, y la procedente del Ebro al sur, que siempre ha sido el insidioso pesoe. Por ende, la formación debía mantener enhiesta la bandera conquistada a los moros en las Navas de Tolosa frente al carácter uniformador de la corte madrileña, que entonces presidía don Adolfo Suárez, ese felón, y que en esta provincia tenía como delegado al tenaz e infatigable don Del Burgo. Como comprenderán, ha sido una tarea ciclópea conservar el predio. Lean, lean las crónicas de estos últimos cuarenta años y verán que, pese a las innumerables dificultades y escollos, el buen pueblo ha reconocido la labor de sus adalides y lo ha premiado con una hegemonía política sostenida.

Las cosas empezaron a torcerse con el nuevo milenio, más o menos cuando Zygmunt Bauman observó que vivíamos en un mundo líquido. La fecha en que puede cifrarse la nueva deriva es el 17 de marzo de 2007, cuando el partido del pueblo  fue arrastrado por la derecha de Madrid a una manifestación contra el intento del presidente don Zapatero de poner fin al terrorismo. La consigna de aquella manifestación fue recia, Navarra no se vende, y sus organizadores llevaron a la ciudad de Pompeyo decenas de autobuses con manifestantes importados en plan reconquista. Aquel episodio reveló que el troleo, lo fake y la proclividad al guerracivilismo ya estaba en la agenda de la derecha española mucho antes de que Donald Trump dejara el biberón. Pero cuando un partido que ha nacido y crecido para defender la integridad de la provincia alardea (una manifestación es un alarde) de que podría estar en venta, ha perdido todo su crédito, tanto más si es una burda mentira.

A partir de aquel día, ocurrieron tres sucesos que han cambiado el escenario provincial: uno, cesó el terrorismo y se liberaron energías políticas en el entorno civil que lo rodeaba; dos, estalló la crisis económica, que tuvo que gestionar el partido del pueblo, el cual no pudo hacer muchos amigos en ese trance, excepto Isidre Fainé, que compró a precio de saldo lo único que sí estaba en venta en la provincia, la caja de ahorros, y tres, el pesoe local se curó de la anemia que le aquejaba desde el lejano descrédito por la corrupción de su primer dirigente. Todos estos factores llevaron al declive del partido del pueblo, que se entregó a la derecha de Madrid y perdió su rasgo identitario y la autonomía que le daba voz.

Ahora mismo, el partido del pueblo solo conserva la alcaldía de la capital y eso merced a una gracia del pesoe, y justamente para salvar esta última garita fue para lo que la dirección del partido negoció con el gobierno de don Sánchez el voto favorable a la reforma laboral. Uno de esos chalaneos que han envilecido a la clase política estos días. Pero el partido del pueblo está podrido –ya saben aquello de que algo huele a podrido en el reyno– y enviaron a dos traidores emboscados a ejecutar el acuerdo, los cuales, ya puestos, se propusieron dar un golpe de mano en su propia casa. Y esto es todo, amigos.