El juez Piñar le ha dado una patada al gobierno social-comunista de don Sánchez en la boca del estómago de una infeliz llamada Juana Rivas. No sabemos si la resolución del juez es un delito de género; los maltratadores también suelen estar cabreados con el mundo en general y se lo hacen pagar a la que tienen más cerca. Los jueces poseen el privilegio de envolver en jerga profesional sus fobias y manías. Una resolución judicial es una visión del mundo, que se distingue del comentario periodístico o del tratado filosófico en que cae sobre la cabeza de un quídam concreto, sobre su libertad y sobre su vida. Una sentencia judicial es una filosofía ad hominem con licencia ejecutiva.
El caso es que el gobierno, en uso de sus prerrogativas, que el juez discute, ha indultado parcialmente a Juana Rivas, condenada por el secuestro de sus hijos en el contexto de una pugna con su ex marido por la custodia de la prole, y el juez se niega a que salga de la cárcel. La resolución que lo justifica es un acopio de razonamientos, objetivos algunos y subjetivos los más, que todos juntos parecen el acta de un auto de fe y a los que el juez ha añadido el siempre truculento recurso al abuso infantil, que a tantas brujas llevó a la hoguera. Los argumentos del juez no son compartidos ni por la fiscalía ni por las defensas legales de la otra parte, pero el juez los levanta ante sí como si fuera el alcazardetoledo rodeado del consabido contubernio.
Vivimos tiempos de lealtades y traiciones, y todos estamos convocados a la lucha, también los jueces. La toga no debe ser un impedimento para la participación, que tiene la misma raíz etimológica que toma de partido y si una tal Juana Rivas cae en la batalla, pues mala suerte para ella, que no se hubiera puesto en medio. Tiempos en los que hablamos del estado de derecho como de un viejo que está en cuidados intensivos y al que todos queremos salvar a base de apretar un cuarto de vuelta la llave del oxígeno en cada intervención. Tiempos asilvestrados y fronterizos, como los que le tocó vivir al juez Roy Bean al oeste del río Pecos.
En este paisaje desolado, el juez Piñar es un guerrero a tiempo completo, en formato jekill y hyde. Durante el día dicta sentencias y resoluciones como la que mantiene a Juana Rivas en la mazmorra y por la noche emite tuits justicieros en los que pinta al presidente del gobierno con las manos manchadas de sangre. La lógica entre jekill y hyde es irrefutable: si yo creyera que el presidente del gobierno es un criminal también creería que lo son las compinches a las que indulta. Roy Bean impartió justicia en el siglo XIX y no disponía de ningún aparataje digital para la expansión de sus humores, solo la Biblia y el dios vengativo que la protagoniza.