Las ceremonias tribales de los partidos anuncian el comienzo del curso político. Convenciones, congresos, foros de debate, incluso carnavaladas son el ámbito del reencuentro de camaradas y colegas y de alguna novatada, que en este caso tiene como destinatario único al pueblo llano y ajeno. Rituales colectivos que parecen una destartalada versión de las intimidantes hakas de los guerreros maoríes con las que comparten el carácter de espectáculo folclórico. De la convención de los ciudadanos naranjas ya no se acuerda nadie, a pesar de que tuvo lugar hace apenas tres meses. De la del pepé, más reciente, aún se oyen los ecos: una sucesión de pelmazos y cuñados a tanto la tarifa por bolo -el francés Sakorzy, el austriaco Kurz, el nóbel literario Vargas Llosa, que cuando no están empapelados por corrupción merecerían estarlo por fraude fiscal– para terminar en un baño de masas del jefe don Casado, bajo la advocación de ectoplasmas, fantasmas y abuelos, vivos y muertos, como don Aznar, doña Rita Barberá o don Francisco Camps, que vaya a saber usted de qué modo y en qué sentido liberan la energía colectiva del gran partido de la derecha.

Los voxianos carecen de ancestros para invitarlos a su celebración porque Franco y Trump, los más obvios, tienen por razones muy distintas un caché inalcanzable para las arcas del partido, y como don Abascal y los suyos también carecen de ideas susceptibles de ser formuladas y argumentadas, han optado astutamente por un festejillo muy pinturero, en formato entre baile de disfraces, feria de pueblo y cumpleaños infantil. Lo más inquietante del festejo es que puede hacerse realidad. Los voxianos dan miedo incluso cuando están de broma y cuesta creer que la astracanada que representan haya conseguido llevar a cincuenta diputados al parlamento. ¿Hay alguna relación entre las corruptelas que representan los invitados estelares del pepé y el brutalismo elemental de sus votantes naturales desterrados en vox? En la respuesta a esta pregunta está la clave del futuro de la democracia.

A su turno, el pesoe prepara su congreso y ya se ha garantizado la presencia del ancestro por antonomasia: don Felipe González. El líder actual don Sánchez es un felipista huérfano que, al parecer, va a reconciliarse con su progenitor del que ha estado tan notoriamente alejado que en algún momento bien se pudo decir que el viejo degollaría al joven, como en la fábula de Abraham e Isaac. Una vez más, ya veremos qué aporta al proyecto sanchista este simulacro familiar pero entretanto algún politólogo de los que medran en estas fechas debería darnos una explicación sobre la necesidad de los partidos de arrastrar tras de sí los bártulos de su pasado cuando a lo que dicen aspirar es a una renovación de la sociedad.

Huérfanos sin remedio son los podemitas, víctimas del eterno retorno y en la tesitura de reinventarse cada vez que el ciclo histórico termina y retorna al origen. Es un fenómeno más cercano a la mitología que a la racionalidad hegeliana: Sísifo, Ave Fénix, Ícaro, los ejemplos legendarios son innumerables y todos con la misma moraleja. De nuevo en busca de una plataforma amplia, una política transversal y un encuentro con las confluencias para superar al pesoe, esta vez bajo la batuta de doña Yolanda Díaz, una líder apreciable y apreciada a la que le espera una tarea titánica que ojalá no la abrase. Podemos es un partido agónico pero, como los demás partidos tradicionales, también segrega cuñados y augures. En esta ocasión es don Pablo Iglesias, que ya tiene su fundación y sus foros para dar la tabarra sin riesgo ni responsabilidad y ocupar un apetecido lugar en la galería de los hombres ilustres desde Cánovas de Castillo, digamos.