Al parecer, el alarde nazi en el barrio madrileño de Chueca ha sorprendido a todo el mundo. Al vecindario, que vio desfilar a los matones bajo las ventanas de sus viviendas, y a la delegada del gobierno, que no vio nada sospechoso en que unos ultraderechistas convictos y confesos fueran a manifestarse contra la agenda 2030, lo que quiera que signifique eso más allá del marbete que ostentaba en su tarjeta de visita don Pablo Iglesias cuando era vicepresidente del gobierno. El estupor ha sido tan generalizado que, una vez perpetrada la fechoría, un tipo tan ecuánime y confiable como el radiofonista don Carlos Herrera ha podido decir, tengo serias dudas sobre su naturaleza real (del acontecimiento, se entiende). Si lo dice don Herrera, cuya perspicacia de oficio en la observación de la realidad se da por supuesta, es que hay barra libre para creer lo que nos dé la gana. En realidad, el famoso locutor no hace más que reafirmar la creencia de su presidenta, doña Ayuso, para la que la homofobia está en la cabeza de la izquierda.
Fuera o no una alucinación, la marcha resultó perfecta según los cánones establecidos hace un siglo por los squadristi italianos, las sturmabteilung alemanas y las centurias de falange españolas, gente de mucho respeto en su tiempo: tambores y antorchas, indumentaria uniformada y militarizada, saludos a la romana, mandíbulas cuadradas, cogotes carnosos y miradas fieras, y un repertorio de amenazas contra la minoría elegida para afirmar la supremacía y acojonar de rebote a toda la población por aquello de que, cuando los nazis vinieron a llevarse a los gays, guardé silencio porque yo no era gay, etcétera. En fin, que no extraña que don Herrera, doña Ayuso et alii quieran ver el suceso como una fastidiosa película aunque la sorpresa esté en el famoso cuento en el que, al despertar, el dinosaurio seguía ahí.
La derecha está empeñada en patear el consenso democrático, por ahora con un repertorio meramente verbal que sigue una escala: descalificación, difamación y amenaza. Cada uno de estos escalones está a cargo de una estructura orgánica: de la descalificación se ocupa el pepé, la difamación la ejecuta vox y la amenaza, los nazis del tambor y la antorcha. Los tres escalones aspiran a representar al conjunto. Es una matrioshka, una muñeca oronda y brillante cuyo interior contiene sucesivas réplicas, cada una más pequeña y tosca hasta llegar al núcleo habitado por una especie de íncubo repulsivo. La matrioshka se exhibe como si ignorara lo que contiene. En el senado, el portavoz del pepé, don Maroto, argumenta la negativa, inconstitucional, de su partido a renovar el poder judicial: no nos fiamos de Sánchez, no es un presidente normal. ¿Te parece un argumento? Cuídate, Maroto, todos somos anormales para alguien.